LanaTalk2020 con Patricia Bullrich

Alguien Miente. Los Nuevos Desaparecidos de la Argentina. Parte II

Hable con la nuera de una mujer fallecida de Covid 19, contagiada en el hospital donde fue internada por otro problema. No figura en ninguna lista de muertos de Covid 19. Ni nacional, ni provincial. Disculpas porque me he convertido en camarógrafa, sonidista, iluminadora y editora sin ser ninguna de esas cosas. La investigación fue realizada con un equipo que prefiere mantener el anonimato. Gracias por compartirlo.

Alguien Miente: Los Nuevos Desaparecidos de La Argentina. Covid 19

Una investigación  deja en claro mediante varios ejemplos, que el conteo de contagiados y víctimas fatales en Argentina, no coincide con las cifras oficiales. El pedido es simple: queremos saber la verdad.

Pandemia 2020

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Querido diario. Te he tenido un poco abandonado. Hoy es 27 de Julio de 2051. Lo cierto es que no hay tanto que reportar del presente. No me queda mucho tiempo de vida y he decidido, al fin, hablar de la Pandemia de 2020, tema que vengo evitando desde hace 31 años. Quizás después que ya no esté, alguien encuentre mi diario y le sirva a futuras generaciones.

La pandemia terminó con la vida de más del cincuenta por ciento de la población mundial en ese momento. A mi me salvó la fe. No la fe en Dios. Esa la perdí definitivamente en ese mismo año después de ver lo que pasó. Lo que me salvó de morir fue la búsqueda de la fe. En enero del fatídico 2020, ingresé en un convento en el medio de la selva del país conocido en aquel entonces como Brasil, para hacer un retiro espiritual por seis meses, en busca de Dios. Durante ese tiempo no tuve contacto alguno con otro humano. Las religiosas que allí vivían, tenían sus propias plantaciones de frutas y vegetales, me preparaban sencillas comidas que dejaban dos veces por día en un hueco en la pared con puertitas dobles. Ellas abrían la de su lado, tocaban una pequeña campana, y yo abría la puertita de mi lado para encontrar la bandeja, haciendo la maniobra opuesta cuando terminaba. Mi reciente separación matrimonial me había dejado en una crisis de identidad y una depresión que finalmente determinaron mi destino. Con mis hijos de 25 y 27 años respectivamente y ya independientes, decidí encerrarme por unos meses para buscar en la fe, la solución a mis angustias terrenales. No sabia que durante ese tiempo cambiaría el planeta en forma radical.

Mi rutina era monótona. Me despertaba, rezaba con mucha avidez y esperanza, leía, comía, hacia algún ejercicio en el pequeño patio amurallado y sin salida que tenía asignado a mi habitación, rezaba a la noche y volvía a dormirme. A veces salía a leer a ese patio bajo la sombra de un único árbol y con vista a las copas de los árboles de una selva frondosa y llena de sonidos y aromas. No tenía el menor contacto con el exterior ni siquiera en forma electrónica. Había en mi habitación un antiguo tocadiscos, una verdadera antigüedad aún en aquella época, con unos cuantos discos de pasta dignos de un museo, solo de cantos gregorianos y un par de música de Bach. Así que en mi búsqueda de fe, estuve completamente ausente de lo que estaba pasando fuera de nuestras paredes de piedra rodeadas de una densa vegetación selvática. Cuando finalmente llego el día de mi regreso a la civilización, la misma ya no era tal.

Las religiosas tenían una radio a transistores que utilizaban una vez por semana y una pequeña antena en el techo de la iglesia, con la cual podían enviar y recibir mensajes desde la ciudad más próxima. Así que ellas sí sabían, al menos en parte, lo que estaba pasando, pero decidieron por expreso pedido mío, no decirme nada hasta el final de mi encierro. Cuando requerí que no me informaran nada de lo que sucediera afuera, no tenía previsto lo que podría pasar. Ni yo ni nadie.

El primer día de julio de 2020, en vez de mi desayuno, me pasaron una nota diciendo que ya podía salir de mi claustro para desayunar con ellas. Confieso que mi estado mental después de seis meses de encierro solitario sin el menor contacto humano, no había mejorado. Por el contrario. Diría que había empeorado. Estaba flaca, demacrada –cuando al fin me vi en un espejo-, no había encontrado la fe que buscaba, y ya no podía esperar a volver a ver y abrazar a mis hijos. Eso, me enteré pronto, no sería posible.

Durante mi relativamente corta ausencia del “mundo civilizado” como nos gustaba llamarlo irónicamente, casi un cincuenta por ciento de la población mundial había sido afectada por un virus que llamaron Covid-19. Muchas de las primeras víctimas fatales eran personas mayores de sesenta años. Con una mezcla de ignorancia y soberbia, muchos de los gobiernos de la época ocultaron la gravedad del tema durante días o semanas criticas, lo que provocó que se extendiera como un incendio de árboles secos. La gente no contaba con información fehaciente y millones no tomaron el tema con la seriedad necesaria a la velocidad prudente. Como las primeras víctimas aparentemente eran mayores, los mas jóvenes siguieron con su vida habitual, sin cuidarse lo suficiente y sin mantenerse aislados. Eso fue, lamentablemente, lo que pasó a mis hijos. A pesar del tiempo transcurrido, escribo esto mientras lloro. Nunca pude despedirme de ellos. Para cuando salí del convento, ambos habían fallecido, contagiados del virus que vino a actuar como un meteorito para los dinosaurios. Su padre se contagió cuidándolos y tampoco sobrevivió. Mis padres fueron los primeros en caer. Toda mi familia había desaparecido en menos de seis meses. Pronto me enteraría que casi todos mis amigos habían corrido la misma suerte. Fui capaz de conocer toda esa información a través de una tecnología de la época que llamábamos Internet. Se había creado un registro planetario de víctimas fatales con nombres, fechas de nacimiento, muerte y ubicación de los mismos en su momento final. Que sucedió después con los cuerpos será un misterio eterno.

Al principio intentaron mantener cierto orden, pero cuando los trabajadores de la salud comenzaron a caer, ya no había vuelta atrás.

Primero las grandes marcas previendo el caos, sacaron toda la mercadería de sus tiendas por miedo a los robos. Luego, el cierre de comercios y restaurantes, vuelos y cruceros, teatros y museos que parecía temporario, terminó convirtiéndose en permanente. Después cerraron fábricas por falta de personal. Los medios de transporte dejaron de funcionar. Los supermercados, considerados de primera necesidad, tenían cada vez menos empleados mientras los trabajadores agrícolas que proveían de alimentos a las grandes ciudades, caían enfermos como moscas por la falta de medidas profilácticas. Se enfermaba uno, y por la falta de leyes laborales que los protegieran y la desesperación de seguir llevando dinero a sus familias, no dejaban de trabajar aún teniendo síntomas, contagiando a los demás. Sin seguros medicos y con el sistema de salud completamente colapsado, morían solos en sus precarias viviendas, muchas veces dejando a sus familias en la miseria o contagiados. Eso determinó la gran hambruna de fin del 2020. Hordas de personas invadieron lo que quedaba de alimentos en campos y depósitos.

Para cuando comenzó la violencia, los gobiernos ya estaban imposibilitados de controlar a las masas o a sus fuerzas armadas, también diezmadas por la enfermedad.

Los principales países de la época intentaron hacer un conglomerado que les permitiera mantener el control de la situación. Fue inútil. Saqueos masivos, violencia y más violencia dominaron todo. Para mediados de 2021, habían muerto tantas personas que se enterraban en fosas comunes de a miles. Cantidades de antiguos gobernantes y dirigentes, o personas otrora famosas, tenían mucho dinero que carecía de valor. Al igual que el resto de la gente, no podían conseguir los alimentos más básicos. El dinero no valía nada. Las mansiones estaban vacías o habitadas de cuerpos descomponiéndose.

En medio de ése panorama desolador, tomé la única decisión posible: volver al convento y permanecer aislada junto a las religiosas aceptando su generosa oferta. Después de todo, eran autosuficientes. Tenían algunos animales de granja, huerta, panales de miel, un río que les proveía de agua potable y energía solar. Estaba despojada de mis afectos y de toda posesión material. No tenía motivo real por el cual seguir viviendo, pero aparentemente lo que llaman el instinto de supervivencia es más fuerte e irracional que cualquier otro, así que aquí me tienes, aún viva.

Nunca te he hablado de esto, querido diario, porque, como comprenderás, no me resulta agradable revivir esos terribles momentos. Ojalá el ser humano haya aprendido las lecciones que esa temible pandemia debería haber enseñado. El amor, el respeto al prójimo, el nulo valor del dinero. Realmente no sé qué es lo que los demás aprendieron. Yo aprendí a sobrevivir como un zombie sin mis seres amados.

Durante los últimos 31 años mis compañeras de encierro han ido falleciendo de viejitas. A la última me tocó enterrarla sola. Por suerte hace muchos años que habíamos cavado las tumbas entre todas, para no dejar esa tarea a las que fueran quedando vivas. Por eso te digo, mi diario compañero, que estoy al final de mi camino. Aquí sola con 92 años, ya casi no tengo fuerzas para seguir cuidando la huerta, las abejas y los animales. Mis manos deformadas por la artritis y el dolor ya no quieren más. Espero que el Dios en el cual nunca pude creer exista, y se ocupe de mí dándome la última bendición de morir mientras duermo. Por ahora, querido diario, me despido. Me has acompañado con amor, pero ya ni tu compañía necesito. Si alguien algún día te llegara a encontrar, espero que te usen para aprender algo valioso. Tendrán que decidir qué es.

Fin.

Nota: este escrito es claramente ficción. Pero les ruego que ayuden a que siga siéndolo, quedándose en cuarentena en sus casas.

Dear Diary. I’ve abandoned you a little. Today is July 27, 2051. The truth is that there is not so much to report about the present. I don’t have much time left to live and I have finally decided to talk about the 2020 Pandemic, a topic that I have been avoiding for 31 years. Perhaps after I’m gone, someone will find my diary and it may serve future generations.

The pandemic ended the lives of more than 50 percent of the world population at that time. Faith saved me. Not faith in God, I definitely lost that that year after seeing what happened. What saved me from dying was the search for faith. In January of the fateful 2020, I entered a convent in the middle of the jungle of the country known as Brazil at that time, for a six month spiritual retreat for in search of God. During that time I had no contact with another human being. The nuns who lived there had their own fruit and vegetable garden and prepared simple meals for me that they left twice a day in a hole in the wall. They would open the door on their side, ring a small bell, and I would open the door on my side to find the tray, and then do the opposite maneuver when I finished. The recent separation from my marriage had left me with an identity crisis and depression that determined my destiny. With my sons, 25 and 27 years old and independent, I decided to shut myself away for a few months to seek in faith the solution to my earthly anguishes. I did not know that during that time the planet would radically change. Nobody could foresee that.

My routine was monotonous. I woke up, prayed with great avidity and hope, read, ate, did some exercises in the small walled and dead-end patio that I had assigned to my room, prayed at night and went back to sleep. Sometimes I would go out to read in that patio under the shadow of a single tree and with a view of the treetops of a lush jungle full of sounds and aromas. I had no contact with the outside, not even electronically. There was an old record player in my room, a real antiquity even back then, with a few museum-worthy records, some Gregorian chants and a couple of Bach ones. So in my search for faith, I was completely absent from what was happening outside our stone walls surrounded by dense jungle vegetation. When the day of my return to civilization finally arrived, it was no longer such. The nuns had a transistor radio that they used once a week and a small antenna on the roof of the church, with which they could send and receive messages from the nearest town. So they did know, at least in part, what was happening, but decided by my express request, not to tell me anything until the end of my confinement. When I requested that they not inform me of what was happening outside, I had no idea what could happen. Neither I nor anyone else really could.

On the first day of July 2020, instead of my breakfast, they passed me a note saying that I could now leave my cloister to have breakfast with them. I confess that my mental state after six months of solitary confinement without the slightest human contact, had not improved. Instead, it had gotten worse. I was skinny, emaciated – when I finally saw myself in a mirror – I had not found the faith I was looking for, and I could no longer wait to see and hug my children again. That, I found out soon enough, would not be possible.

During my relatively short absence from the “civilized world” as we liked to call it ironically, almost fifty percent of the world population had been affected by a virus called Covid-19. Many of the first fatalities were people over the age of sixty. With a mixture of ignorance and arrogance, many of the governments of the time concealed the seriousness of the issue for critical days or weeks, causing it to spread like a wildfire. People did not have reliable information, and millions did not take the matter seriously enough at the prudent speed. As the first victims were apparently older, the younger ones continued with their usual lives, without taking enough care of themselves and without staying isolated. That was unfortunately what happened to my children. Despite the elapsed time, I write this while crying. I could never say goodbye to them. By the time I left the convent, they were both dead, infected with the virus that came like the meteorite did for the dinosaurs. Their father was infected while caring for them and did not survive either. My parents were the first to fall. My entire family had disappeared in less than six months. I would soon find out that almost many of my friends had suffered the same fate. I was able to know all that information through a technology of the time we called the Internet. A global registry of victims had been created with names, dates of birth, death and their location at their final moment. At first they tried to maintain a certain order, but when the health workers began to fall ill, there was no turning back. The closure of shops and restaurants, flights and cruises, theaters and museums that seemed temporary, ended up becoming permanent. Then factories closed due to lack of personnel. The means of transportation stopped working. The agricultural workers who provided food to the big cities fell ill like flies due to the lack of prophylactic measures. One got sick, and due to the lack of labor laws to protect them and the desperation to continue bringing money to their families, they did not stop working even with symptoms, infecting others. That determined the great famine of the end of 2020. Hordes of people invaded what was left of food in fields and warehouses. By the time the violence started, governments were already unable to control their armed forces, also decimated by the disease.

The larger countries of the time tried to build an alliance that would allow them to maintain control of the situation. It was useless. Massive looting, violence and more violence dominated everything. By mid-2021, so many people had died that they ended up burying thousands in mass graves. Many former rulers and leaders, or once famous people, had a lot of money that was worthless. Like the rest of the people, they couldn’t get the most basic food. Money was worth nothing. The mansions were empty or inhabited by decomposing bodies.

In the midst of this devastating panorama, I made the only possible decision: to return to the convent and remain isolated with the nuns. After all, they were self-sufficient. They had some farm animals, a vegetable garden, honeycombs, a river that provided them with drinking water and solar energy. I had no real reason to continue living, but apparently a person’s survival instinct is stronger and more irrational than any other one. I have never told you about this, dear diary, because, as you will understand, it is not pleasant for me to relive those terrible moments. Hopefully human beings have learned the lessons that this terrible pandemic should have taught. Love, respect for others, the null value of money. I really don’t know what the others learned. I learned to survive as a zombie without my loved ones.

In the last 31 years, my living mates have been dying of old age. The last one I had to bury alone. Luckily, many years ago we had dug the graves among all of us, so as not to leave that task to those who were left alive. That is why I tell you, my daily companion, that I am at the end of my path. Here, alone at 92 years of age, I hardly have the strength to continue taking care of the garden, bees, and animals. My hands, deformed by arthritis and pain, don’t want anymore of it. I hope that the God I could never believe in exists, and takes care of me giving me the last blessing of dying while I sleep. For now, dear dairy, I say goodbye. You have accompanied me with love, but I no longer need your company. If someone ever finds you, I hope they use you to learn something valuable. They will have to decide what that is.

The End.

PS: this writing is clearly fiction. But I beg you to help keep it that way, by quarantining yourself at home.