Historias de Adrogué. Finky.

Historias de Adrogué

Tenía 18 años y estaba de novia con Dany de 21, enamorada hasta el tuétano.

Lo que escribiré es un relato auto-biográfico, pero no doy fe que todos los datos históricos sean cien por ciento precisos. La memoria es selectiva.

Cursaba el quinto año de la secundaria mientras el hacía “la colimba” (el servicio militar obligatorio de entonces. “Colimba” deriva de corre-limpia-barre, un término despectivo). Como su papá trabajaba para alguna dependencia militar, Dany estaba “acomodado” y sus tareas de soldado raso lo ocupaban de lunes a viernes en un edificio del centro de Buenos Aires, creo que en la calle Maipú. Un portón enorme de madera, sin cartel alguno que delatara su función.

Ambos vivíamos en el bello Adrogué y carecíamos de ingresos así que nuestra salida semanal de lujo, consistía en comprar empanadas de carne -me hice vegetariana unos meses después- en Pratto Hermanos, y con ese tesoro en mano, irnos a Finky, un cruce de vías del ferrocarril entre la línea Roca que iba hacia la estación Constitución, y la que venia de Quilmes e iba hacia Ezeiza. En esa época el tren no era eléctrico así que se podía acceder a sus vías.

El puente donde ambos trenes se cruzaban, databa de la era de la construcción del sistema ferroviario, de origen británico como los nombres de muchas de sus estaciones: Temperley, Banfield.

De ladrillos a la vista, y cubierto de vegetación salvaje local, era un refugio perfecto para una parejita de enamorados como nosotros. Nos sentábamos contra una de sus escarpadas paredes, completamente cubiertos por el verde y una sensación de estar en algún exótico jardín con connotación romántica.

Allí, cada sábado al mediodía, almorzábamos nuestras empanadas y hablaríamos de amor o nos daríamos apasionados besos con gusto a cebolla y aceitunas con carne.

Una noche, una “manada de chicos bien” como se lo describiría ahora, decidió secuestrar una jovencita y divertirse con ella. Lamentablemente, la diversión terminó en una violación en grupo y el posterior asesinato de la pobre victima. Quizás su muerte fue un accidente, ahogada por el sweater de uno de los victimarios o quizás no. La violación en grupo fue una decisión, no un accidente. No se que pasó con los culpables de ese horrendo crimen. Solo hice una búsqueda superficial en Google y no lo encontré. No quería en realidad saber cada detalle. Lo que sí se, es que ese rincón del planeta que para nosotros representaba mañanas de sábados románticas y amorosas, pasó a ser una escena de un crimen y por ende nunca mas regresamos, ni volvimos  a mencionar al lugar.

¡Quien Podía Decirlo!


¿ A los 9 años?
¿ Tenia 10 años?
Esta Semana

Tenia 16 años y el pelo más sano y brillante del planeta. Mi compañera de clase, que se sentaba justo detrás mío en tercer año del bachillerato, puede dar testimonio porque pasaba mucho tiempo jugando con mi cabellera: hacía trenzas o simplemente acariciaba mi pelo desparramado sobre su pupitre, como quien acaricia el lomo de un gato o un perro.

Mi cabello pasaba un poco por debajo de mi cintura. Era hora de cortar las puntas. Me fui, sola, a la elegante peluquería de la Plaza Espora, en mi Adrogué querido.

Le expliqué claramente que quería solo cortar las puntas. No lo recuerdo pero seguramente habré marcado el largo total a cercenar con mis dedos índice y pulgar. “Asi”, debo haber dicho.

Me lavaron la cabeza en esa posición que sigo encontrando horriblemente incómoda, me pusieron un poncho, una toalla, y allí vino el coiffeur antes que los llamaran en francés, armado de peines y tijeras.

Me peinó cuidadosa pero velozmente y más velozmente aún, me pegó el primer y certero tijeretazo… ¡por arriba del hombro!.

En esa época, cabe aclarar, era aún una adolescente tímida quien no conocía sus derechos ni se animaba demasiado a desafiar la autoridad.

Mi cuerpo entero se tensó y le pregunté qué estaba haciendo.

Con vanas excusas, pidió perdón y tras eternos momentos de forzadas explicaciones, no quedaron dudas que tras el error, no había alternativa: había que cortarlo todo corto.

Asi lo hizo mientras mis lágrimas corrían por mis mejillas. Encima le pagué por su trabajo. El pelo crece, pero ese largo tardaría al menos dos años y medio o tres.

Aun llorando salí del local en un estado de confusión mental. Avancé unos cuantos pasos y regresé. Le pedí –o creo que exigí- que me diera lo que me había sacado. El muy pícaro tenía una colita de caballo cuidadosamente guardada con una gomita en un cajón. No había sido un error. Seguramente quería el pelo para venderlo o para mandar a hacer una peluca. Ojalaa recordara su nombre. Aunque ya debe estar muerto, me gustaría hacerlo famoso.

De cualquier modo, ese es solo el principio de la historia. Juré y perjuré que nunca más pisaría una peluquería. Comencé a cortarme el pelo sola, y a experimentar con mis amigos, mi madre, mis sucesivos novios en el arte del corte de pelo.

A mi hija le corté el suyo toda la vida hasta que a los 14 me dijo que quería probar otra cosa. Cerca de cien dólares después, volvió a casa con un corte moderno, desparejo y determinante a que le siguiera haciendo el servicio yo.

Eventualmente cuando empecé a trabajar de modelo en mis 20’s, me rendí a las manos de excelentes profesionales que me dieron unos looks muy divertidos.

Hace unos años, mi hija me miró en un ascensor, esos que tienen una luz cenital que te da directamente en la cabeza y me dijo: “tenes canas. Pareces vieja”.

Lo que todos esos sofisticados coiffeurs no lograron por años, esa frase lapidaria de mi hija lo hizo: empecé –sola- a teñirme las canas hasta hoy.

Quien podía decirlo, que ese maldito peluquero de barrio que intentó robarme el pelo, determinó que hoy, en medio de esta pandemia que nos tiene en una cuarentena eterna, me haya salvado de pertenecer al “Club de las Raíces Crecidas” muy popular entre mis amigas y tantas desconocidas.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

La foto del teñido es actual. Las otras son de cuando tenia unos 10 años.

Un Consejo

Sé que muchas veces hablo sobre la muerte y si bien no quiero deprimir a nadie es un tema muy persistente en mis escritos, ya que es la única certeza que tenemos. Indefectiblemente nos vamos a morir. ¿Qué otra cosa nos hace sentir tan seguros como es eso? ¿Me ganaré el Pulitzer? ¿Sere abuela algún día? ¿Me contagiaré el Covid-19? No es para deprimir a nadie, simplemente un tema más.

Los últimos años de la vida de mi madre vivíamos a pocas cuadras, después que ella se mudó de Argentina a Miami. Nos veíamos muy seguido y hablábamos como mínimo una vez por día. Generalmente muchísimas más. No era una cocinera gourmet pero algunos de sus platos me encantaban y hoy por supuesto los extraño muchísimo. ¿Porqué viviendo tan cerca no puedo volver a hacer “mis platos favoritos” que cocinaba mi viejita? Por la simple razón que ella cocinaba “a ojo” y cuando te daba la receta te decía: agrega papas. A mi pregunta de si eran papas grandes o pequeñas, contestaba “depende qué quieras”. O si le inquiría: ¿y cuantas papas? Su respuesta podía ser: “depende”. ¿Cuanto tiempo hay que cocinarlo: “hasta que esté listo”.

¿Como sabes que esta listo? “Te das cuenta”.

¿Cuanta sal? ¿Cuanta pimienta?  “A gusto”.

Y así.

Incluso experimentamos con mi hija y cada una le pidió la receta de la misma comida. Ella a cada una de ambas nos dio algo completamente diferente. No por maldad. Sino porque improvisaba.
Créeme que el consejo que te estoy dando hoy es más importante de lo que puede parecer. Como nadie sabe cuando le tocará en suerte abandonar este plano, si hay algo que quieres que tus hijos o tu familia tengan de ti, comunícaselo.
Es fundamental dejar por escrito o enseñarle a alguien la receta favorita que siempre te piden o contarles donde están todas las cuentas y toda la plata, o donde escondiste las joyas -si es que todavía queda alguna- porque el día que te vayas, tu familia va a pasar la mitad del tiempo llorando tu ausencia y la otra mitad insultándote porque no saben dónde dejaste las llaves de la caja fuerte o como era la receta de tus maravillosos ravioles de ricotta y espinaca.
De nada.

La Vida Tiene Muchas Vueltas

Hace muchos años me tocó trabajar en una historia difícil del pasado de mi país de origen, Argentina, para el programa de investigación Edición Plus.
Como parte de un inusual equipo de producción, por su cantidad de miembros, experiencia y profesionalismo, emprendimos la dura tarea de relatar un caso emblemático de los “años de plomo” como se conoce a la dictadura militar de 1976-1983.
Me refiero a los mellizos Reggiardo-Tolosa, en aquel momento aún en manos del asesino Samuel Miara, un oscuro sub-comisario seguramente involucrado directamente en la muerte de los padres biológicos de esos niños, a quienes robó para regalar a su esposa, como un cruel botín de guerra.
En aquel entonces, seguramente 1992, por gestión de nuestro maravilloso productor Carlos Echeverría, entrevisté a Beatriz Castillo, la “apropiadora” de los bebés recién nacidos, arrebatados a una joven madre prisionera en algún sótano húmedo, frío y oscuro, sin posibilidad de pataleo y quien pagó con su vida después de dar a luz. La imagino desesperada cuando le sacaron de su lado a sus niños y me da una congoja insoportable. A sus captores no parece haberles dado el menor remordimiento.
Creo que la premisa de la entrevista era falsa. Nuestro programa aún no había salido al aire así que en Argentina nadie me conocía o habria sido imposible, y se le dijo que era para la TV holandesa. Estos datos puede que no sean 100% certeros por mi falta de memoria.
Ella accedió, milagrosamente. Seguro creía que todas las mentiras que planeaba decirme, la ayudarían en las causas judiciales que veía en el horizonte.
Me caben pocas dudas que su esposo la controlaba a su parecer y la conminó a hacerla.
Allí estaba yo, joven pero ya experimentada en el arte de la entrevista, en el pequeño departamento de Caballito, un barrio de Buenos Aires, el cual compartía con los quinceañeros Matías y Gonzalo.
Ellos, lo cual me pareció curioso, se encontraban en la propiedad, seguramente con la intención de dar más naturalidad a la escena familiar. La tensión, sin embargo, se sentía en el ambiente.
La regla básica en este tipo de entrevistas es saber la mayor cantidad posible de información sobre el sujeto, para poder re-preguntar, rebatir y no dejar que mientan sin consecuencias. Pero en este caso, la intención no era esa. Era que ella hablara lo más posible sin contestarle nada. Que sola se explayara con su discurso preparado para atrapar a los “incautos periodistas internacionales”. No la iba a contradecir. Los datos los teníamos nosotros. Sus mentiras la dejarían en evidencia.
Durante la entrevista Castillo me mintió una y otra vez sin sonrojarse en absoluto, aunque su lenguaje corporal decía mucho más que sus palabras. Mentía y se le notaba.
El caudal de emoción reprimida que me causó estar en esa casa, frente a esa delincuente, sabiendo por lo que habían pasado esos chicos, sin poder decirles nada, sin poder abrazarlos o rescatarlos, tenía que escapar de alguna forma. Durante la conversación me comporté como una perfecta idiota que compró de buena gana las mentiras que me vendían.
Al despedirme, salí a la calle, paré un taxi, alcancé a decirle a dónde iba y no aguanté más: me largué a llorar desconsoladamente. El pobre taxista, asumo, creyó que había sido víctima de una violación porque me preguntó si quería ir a una comisaría.
Nuestra nota entera eventualmente salió al aire por Telefé, y probablemente cambió la historia personal de los mellizos ex Miara y actualmente Reggiardo-Tolosa. Nada seria igual para ellos.
Hagamos una cámara rápida al futuro.
Inventan twitter.
No se como ni de qué forma Matías, uno de los mellizos, comienza a seguirme en la red social del pajarito. No se si sabe quien soy, si me recuerda. De alguna forma me siento culpable. No los rescaté cual comando israelí cuando los tuve al tiro. Si bien aprendieron cuál es su verdadera historia, su vida quizás apacible hasta ese momento, se convierte en un infierno de mentiras, incertidumbres, violencia, amenazas, cambio de domicilio, escuela, amigos, cárcel de quien creían era su padre, conocimiento y traslado con su familia biológica que no sale bien, y miles de cosas que seguramente habrán dejado profundas heridas en la psique de esos jovencitos.
Eventualmente nos ponemos en contacto por mensaje directo.
Mensaje va, mensaje viene, terminamos encontrándonos en Miami, donde viene de vacaciones con su esposa y su bellísimo hijito de 6 años. Eso pasó hoy, un fresco 28 de febrero de 2020.
Los llevo a pasear por la zona y hablamos. Sus “apropiadores” fallecieron. Durante los últimos años no volvió a verlos y no parece importarle. Está en contacto con parte de su familia biológica. Me recuerda que en nuestras breves conversaciones por mensaje, le conté algo muy personal sobre la muerte de mi mamá. Mi mamá a quien disfruté hasta sus 91 años. Estoy hablando con un hombre de 43 años quien nunca conoció a la suya. No se si pasó minutos, horas o algunos días con María Rosa Tolosa. Sólo puedo imaginar, desde mi perspectiva de madre, que me arranquen a la fuerza a mis mellizos y me desgarra las entrañas. Escribo esto con lágrimas que corren copiosamente por mis mejillas. Y esos bebés, aun sin el raciocinio que les permitiese analizar la situación, tienen que haber llorado desesperadamente por ese pecho que no les daría la leche materna que les correspondía, por esos latidos de un corazón que no volverían a escuchar.
Este hombre de 43 años necesitaba conocerme por algo que le había comentado sobre mi mamá.
En el centro comunitario local, donde hicimos una parada técnica para ir al baño, rodeados de gente y niños correteando alrededor, a Matías Reggiardo Tolosa se le llenaron los ojos de lágrimas con mis palabras sobre su madre. Nos abrazamos y ambos entendimos que ese encuentro no era casual. Que quizás desde algún plano diferente, nuestras madres, juntas, tomadas de sus manos no físicas, nos guiaron a un encuentro que, espero fervientemente, cambiará su vida una vez más. Esta vez, para bien.

Edición Plus. Los Mellizos: https://www.youtube.com/watch?v=rXJGkoosJkk

Contaré Al Revés (For English Scroll Down)

Hace días que me da vuelta una idea en la cabeza y la quiero escribir, pero me preocupa que no se entienda bien el concepto. O que se entienda y suene negativo. Aquí voy.

Cuando festejamos un cumpleaños, lo que estamos diciendo es: “celebremos que pasaron tantos años desde el momento en el cual salimos de la panza de nuestras madres”. O en otras palabras: “hagamos una celebración por haber vivido o sobrevivido todos estos años, sean 15, 25 o 70”.

Nunca fui buena en matemáticas pero los números me encantan para ciertas cosas. Por ejemplo para pensar en cuentas regresivas como la siguiente. ¿Cuantos años de vida me quedaran? Quién puede saberlo. Si no me pisa un camión, ni me caigo tontamente en una escalera mojada y me parto el cráneo, si no me da una enfermedad mortal, digamos que, con toda la furia, viviré unos 30 años más. De ellos, ¿cuántos serán años con “calidad de vida? Me refiero a que podré seguir caminando sin que me duela, podre levantarme sola del inodoro, podre dormir sin reflujo gástrico o problemas respiratorios, dolores artríticos y las millones de cosas que le pasan a la población en general cuando envejece.

¿Me siguen por ahora? Cada uno haga su propio cálculo obviamente.

Digamos que, de una buena calidad de vida, me quedan 20 años.

Si los últimos 20 se pasaron volando y la sensación es que el proceso se acelera cada vez más, no puedo ignorar que los próximos 20 pasarán como un tren bala japonés.

O acaso no les parece increible que, para cuando publique esto en mi blog, el primer mes del año 2020 ya se haya terminado.

Por eso quiero hacer otra cosa a partir de ahora. Mi cumpleaños es el 27 de julio. He decidido cambiar la estrategia. Voy a festejar el tiempo que me queda y no lo ya vivido. De esa forma, cuando celebre el 27 de julio de 2020, serán 30 velitas, y en el 2021 serán 29 y así sucesivamente.

Volviendo a las matemáticas.

Si cada día tiene 24 horas, cada año tiene 8.760 horas

30 años son 262.800 horas y 15.768.000 minutos. ¡Casi 16 millones de minutos! Parecen muchos, a menos que nos demos cuenta que hoy, 30 de enero, en lo que va de 2020 ya usamos 43.200 de esos minutos.

Quizás de esa forma logre tomar conciencia de lo finito de mi tiempo en esta tierra, de que cada minuto que sufro o no disfruto es un minuto desperdiciado de la cantidad total que me quedan.

Visto así es más fácil enfocarse en no desperdiciar el tiempo en nimiedades, en tristezas, en enojos con quienes queremos. Hay que tener premura para decir lo que sentimos a quienes nos rodean, hacer las cosas que nos hacen felices, incluyendo comer ese alfajor o tomar ese vino. Dedicar tiempo a nuestros seres amados, a nuestros hobbies, a nuestras mascotas. Sonreír más, aún sin razón. Tener menos la razón y dar más abrazos. Leer más libros, escuchar más música, hacer ese curso que dejamos pendiente desde siempre, porque la realidad es que la “fecha de vencimiento estimada”, puede cambiar por miles de circunstancias impredecibles. La mayoría de quienes ya no están, no lo tenían en sus agendas. Fueron sorprendidos inesperadamente y seguro que cuando quisieron darse cuenta, ya estaban en otra dimensión.

Espero no tomes este escrito con pesimismo o negatividad sino todo lo contrario, que el mismo te de más ganas de respirar profundo y disfrutar más cada uno de los minutos que te quedan.

Desde que empecé a escribir esto, tuve que descontar 60. No hay tiempo que perder.

English Version.

I’m Are Counting It The Other Way Around

I have had an idea in my head for days and I want to write it, but I am worried that the concept may not be well understood. Or that it is understood and sounds negative. Here I go.

When we celebrate a birthday, what we are saying is: “Let’s celebrate that so many years have passed since the moment we left our mothers’ bellies.” Or in other words: “Let’s make a celebration for having lived or survived all these years, whether it is 15, 25 or 70”.

I was never good at math but I love numbers for certain things. For example to think about countdowns like the following. How many years of life will I have left? Who knows? If I do not get killed by a truck, nor do I fall foolishly on a wet staircase and break my skull, or I don’t get a deadly disease, let’s say that, with a lot of optimism, I will live for 30 more years. How many of them will be years with “quality of life? I mean, I can keep walking without hurting all over, I can get up alone from the toilet, I can sleep without gastric reflux or respiratory problems, arthritic pains and the millions of things that happen to the general population as they age.

Do you follow me for now? Everyone obviously must make their own calculation.

Let’s say that, with a good quality of life, I have 20 years left.

If the last 20 years flew by and the feeling is that the process is accelerating more and more, I cannot ignore that the next 20 will pass like a Japanese bullet train.

Doesn’t it seem incredible to you that, by the time I publish this on my blog, the first month of 2020 is over?

That’s why I want to do something else from now on. My birthday is July 27th. I have decided to change the strategy. I will celebrate the time I have left instead of the one I already lived. That way, when I celebrate on July 27th, 2020, it will be 30 candles, and in 2021 it will be 29 and so on.

Going back to math.

If each day has 24 hours, each year has 8,760 hours

30 years are 262,800 hours and 15,768,000 minutes. Almost 16 million minutes! It seems like a lot, unless we realize that today, January 30st, so far in 2020 we already used 43,200 of those minutes.

Perhaps that way I can become aware of how finite my time on this earth is, that every minute I suffer or do not enjoy is a wasted minute of the total amount I have left.

Seen this way, it is easier to focus on not wasting time on trivialities, on sorrows, on anger with those we love. We must hurry up to say what we feel to those around us, do the things that make us happy, including eating that chocolate cake or drinking that wine. Spend time with our loved ones, our hobbies, and our pets. We need to smile more, even without reason. Be less right and give more hugs. Read more books, listen to more music, do that course that we have always left pending, because the reality is that the “estimated expiration date” can change due to thousands of unpredictable circumstances. Most of those who are no longer around didn’t have it on their calendars. They were unexpectedly surprised and I’m quite sure that when they realized it, they were already in another dimension.

I hope you do not take this writing with pessimism or negativity but quite the opposite; I hope it makes you feel more like breathing deeply and enjoying each one of the minutes you have left.

Since I started writing this, I had to discount 60 minutes. There is no time to waste.

 

 

Contando Mis bendiciones

Dos pedacitos de historias de vida. De vidas ajenas, que ayudan a poner en perspectiva la mía y a contar mis bendiciones.

La primera. Isabel era una señora hondureña que venía a ayudarme a limpiar mi apartamento una vez por mes. Siempre le preparaba cosas para que se llevara. Comida, ropa, cosas para la casa. Un día me contó que con su hijo usaban platos descartables de telgopor (poliestireno expandido) porque no tenía juego en casa y esos eran baratos. Con mi feroz defensa del medio ambiente, y sabiendo que sus platos aún estarían en el planeta dentro de quinientos años, tratando de degradarse, me fui a su casa y le llevé un juego completo de platos de cerámica que había comprado para mi hija. Ella no los necesitaba.

De los platos, llegué a la conversación de los cuchillos.

-“En casa no tengo cuchillos señora Lana” Me dijo.

– “Mi marido me abusaba. Tenía tanto miedo que un día me matara, que en casa sólo teníamos cuchillos de plástico. Yo guardaba uno escondido para cocinar, pero me cuidaba de que él no lo viera”.

Con qué naturalidad y simpleza me contó una parte terrible de su pasado, del cual pudo huir físicamente. Es evidente que el temor aún lo tiene instalado en su sistema interno de supervivencia. Le regalé media docena de cuchillos. Espero que los use sólo para cortar verduras.

La otra historia tiene que ver con una conversación ajena. Estaba en un instituto haciéndome terapia física para un problema en el hombro. Es una habitación grande llena de máquinas y aparatos de rehabilitación. Los clientes compartimos el espacio. Mientras hacía uno de mis ejercicios, el paciente que estaba más cerca conversaba con la terapeuta. Ahí me enteré que ese joven de unos 35 años, había huido de Venezuela después que sus secuestradores lo liberaron, luego del pago de un rescate. Lo tuvieron cuatro días, lo torturaron, sus captores le hicieron el juego del policía bueno/policía malo, donde “cuatro decían que me querían matar y dos decían que no”. Se escapó con lo puesto hacia Estados Unidos.

La situación no daba para hacerle preguntas.

¿Habrá venido solo?

¿Su familia aún está allá?

¿Consiguió papeles en EEUU?

No podré saberlo. Lo miré de reojo y a simple y prejuiciosa vista, no tenía apariencia de ser un millonario exitoso. Simplemente un joven con una mochila pesada.

Para mí, son otras oportunidades de contar mis bendiciones. Ni más ni menos.

Foto: Manos orando de Leonardo Da Vinci

 

 

 

Mi Experiencia Con El Apartheid

(For English scroll down)

A punto de cumplir 19 años, llegué a Londres de mochilera, aunque en barco. Un amigo que conocí viajando en los meses anteriores me ayudó a encontrar un lugar donde vivir. El compartía un “flat” como le dicen allá a los departamentos, con una pareja irlandesa y había un tercer dormitorio que se convertiría en mi casa londinense por 3 meses. Los cuatro compartíamos cocina, comedor y baño, el cual, les extrañará igual que a mí, no tenía ducha, sólo bañera. Mi primer gasto fue comprar una manguera de goma con ducha en la punta, que inserté rápidamente en la canilla de la bañera que me rehusaba a utilizar. Como detalle al margen, mi amigo y compañero de casa, no se bañó (ni con ducha ni con baño de inmersión) en lo que duró mi estadía. Su habitación olía como un refugio de animales salvajes.

No tenía reservas y necesitaba conseguir un trabajo urgente. No recuerdo como encontré uno como mucama en un hotel de segunda categoría. Allí los empleados (ninguno era británico, y nadie tenía permiso de trabajo) veníamos de todas partes del mundo. Había una española que fue a aprender inglés, gente de Bolivia y otros lugares que no recuerdo. Lo que nunca olvidaré fue una experiencia muy desagradable.

Era la época del apartheid en Sudáfrica. Un grupo de jugadores de cricket de ésa nacionalidad se estaba quedando en el hotel. Todos blancos. A mí me tocaba limpiar la habitación de uno de ellos. Se notaba claramente que estaban acostumbrados a tratar a “cierta gente” como ciudadanos de segunda clase, sin consideración alguna. Era una tarea muy desagradable. Más allá de tener que ocuparse de la suciedad ajena, el joven, quien me llevaría unos 5 años, dejaba su ropa sucia y maloliente tirada por todo el piso de la habitación. No nos daban guantes descartables. Yo la pateaba toda junta hacia un rincón y la levantaba usando una toalla limpia para dejarla sobre una silla. Limpiaba el cuarto y me iba. Solo lo vi brevemente una vez. Ni me saludó. Lo peor le tocó a la chica española. Una jovencita fina y educada. La encontré llorando en el corredor y le pregunté que le pasaba. El huésped de ella, cuando estaba por retirarse del hotel, le dijo “puedes quedarte con el jabón que usé”. Una innecesaria humillación extra a quien no podía defenderse. Le contesté con una frase que desde entonces he utilizado muchas veces para describir a personas malas o deshonestas: “lo peor que le puede pasar a él es que tiene que convivir consigo mismo las 24 horas del día. Ese es su castigo”.

No puedo ni imaginar lo que habían vivido los sudafricanos negros durante ese periodo nefasto.

My Experience With Apartheid

About to turn 19, I came to London as a backpacker, although by ferry. A friend I met traveling in the previous months helped me find a place to live. He shared a “flat”, as they call apartments there, with an Irish couple and there was a third bedroom that would become my London home for 3 months. The four of us shared a kitchen, a dining room and a bathroom, which shockingly did not have a shower, only a bathtub. My first expense was buying a rubber hose with a shower on the tip, which I quickly inserted into the tub spigot for I refused to use it otherwise. As a side note, my friend and housemate did not bathe (or shower or dip bath) during my stay. His room smelled like a shelter for wild animals. I had no savings and needed to get a job as soon as possible. I do not remember how I found one as a maid in a second-class hotel. There the employees (none were British, and no one had a work permit) came from all over the world. There was a Spaniard who went to learn English, people from Bolivia and other places that I do not remember. What I will never forget was a very unpleasant experience.

It was the apartheid era in South Africa. A group of cricket players of that nationality were staying at the hotel. All white. I had to clean the room of one of them. It was clear that they were accustomed to treating “certain people” as second-class citizens, without any consideration. It was a very unpleasant task. Beyond having to deal with other people’s dirt, the young man, who was about 5 years my senior, left his dirty and smelly clothes lying all over the floor of the room. They did not give us disposable gloves. I kicked them all the way to a corner and lifted them up using a clean towel to put them on a chair. I cleaned the room and left. I only saw the guest briefly once. He didn’t even say hello. The Spanish girl got the worst of it. She was a fine and educated girl. I found her crying in the corridor and I asked her what was wrong. As her guest was about to leave the hotel, said to her “you can keep the soap that I used.” An unnecessary extra humiliation to someone who could not defend herself. I replied with a phrase that I have used many times since to describe bad or dishonest people: “the worst thing that can happen to him is that he has to live with himself 24 hours a day. That is his punishment. ” I can’t even imagine what the black South Africans had to experience during that nefarious period.

 

Porqué Terminé Trabajando en la TV

Tenía dulces 16 años. Mi hermano 18. Estábamos en el comedor diario de nuestra casa familiar de Adrogué. Era una tardecita de invierno, la estufa y el televisor encendidos.

Mi hermano y yo comíamos apaciblemente barquillos, cuidadosamente untados con dulce de leche.

Mi padre Adelino, era hombre de pocas palabras. Al menos con sus hijos.

Entró al comedor y nos preguntó si habíamos hecho la tarea. Ambos contestamos (o seguramente mascuyamos) algo similar a “ya la haremos”.

Un rato después, regresó y repitió la escena anterior. Esta vez le dijimos algo como “en seguida”. O algo así.

Cabe aclarar que la TV de entonces no era una pantalla plana inteligente con control remoto, sino una caja gigantesca de madera que en su interior contenía una pantalla. Contábamos con la enorme cantidad de 3 o 5 canales que había que cambiar levantándose y dando vuelta la perilla en el mismo aparato. La misma hacía un ruidoso “clank, clank” con cada movimiento. Era enorme y pesada.

La tercera vez que mi viejo entró, no dijo nada. Apagó la tele, desenchufó la misma, la levantó cual Sansón, se la llevó a su auto…y nunca más la vimos.

Como a los 18 me fui de viaje, no volví hasta los 20 y recién a los 22 me pude comprar mi propia TV (*) fueron 6 años de no ver tele en Argentina. Puedo asegurar que en muchas conversaciones de esos años, me sentí más desorientada que piojo en peluca(1). Miles de referencias, conversaciones, frases y temas tienen que ver con lo que la gente ve en la “caja boba”. Para mi era como si hablaran en otro idioma.

Debo decir que muchos años después, cuando mi padre estaba transitando el final de su vida, ya postrado, tuvimos una charla sobre ese episodio. Entre risas, le dije que era culpa de ese momento y suya, que al final, su esfuerzo de mantenerme alejada de la tele hizo que terminara trabajando en la televisión. Parece que todo fue una cuestión de rebeldía.

 

 

(*) Un aparato de segunda mano cuya pantalla deformaba la imagen y hacía que todos sus personajes salieran más altos y delgados que lo que eran. Me encantaba el teniente de la serie “Combate” hasta que lo vi en una televisión normal, y me pareció regordete.

(1) Esta frase la inventé alrededor de la misma época de ésta anécdota y la vengo repitiendo desde entonces, usándola en lugar del consabido “más desorientado que turco en la neblina”. Después de tantas décadas, al fin la he escuchado por otro lado, así que aparentemente se popularizó.

 

La Vida Te Da Sorpresas, Sorpresas Te Da La Vida

Cuando tenía 20 años buscaba trabajo en Buenos Aires a través de una agencia de empleos o head hunters como las llaman ahora. Mi currículo era modesto: secundaria, inglés, un par de años recorriendo el mundo como una aventurera y paremos ahí.

Me enviaron a una entrevista en unas oficinas en las cinco esquinas de Recoleta sin decirme qué era.

No tenía cartel afuera ni existía Google, así que sin saberlo fui a una de las agencias de publicidad más grandes del momento. Era Ratto (https://es.wikipedia.org/wiki/David_Ratto )

Necesitaban recepcionista. Me atendió alguien de apellido Petinatti si no me traiciona mi memoria.

Me pidió que nombrara agencias de publicidad. Creo que mencioné una sola.

Entre las preguntas que me hizo, recuerdo ésta: “decime una publicidad que hayas visto”. Me dió vergüenza confesar que desde que tenía 16 años cuando mi papá regaló nuestra TV (esa es otra historia que encontrarás en este blog) no veía tele. Sin embargo recordé una que había visto en casa ajena. Era de una maquinita de afeitar. Me preguntó porqué la recordaba y contesté que por dos cosas. Primero porque el actor estaba en una silla giratoria dando la espalda a cámara. Se da vuelta y pregunta mirando al televidente: ¿con qué maquinita me afeité? Después de una breve pausa contesta “no, es con…tal producto”. Aclaré que me llamó la atención que el personaje “leyera mi mente” ya que pensé en Gillette y me dijera “no” mencionando que era la competencia. Lo segundo que me llamó la atención, fue que el actor fuese rubio. Le expliqué que me parecía una mala elección ya es mucho más fácil mostrar un hombre bien afeitado rubio, que un moreno bien peludo.

El señor miró a esta veinteañera con los ojos entrecerrados con cara de sospecha por unos momentos, y dió por terminada nuestra entrevista.

La agencia que me envió me contó que no pudieron convencer a la gente de Ratto que lo que dije fue absolutamente espontáneo y que no había sido “preparada” por nadie. Resulta que esa publicidad, era de la agencia Ratto.

Muchos años después, contratada para conducir un evento de agencias de publicidad en un elegantísimo hotel de Buenos Aires, conocí a David Ratto y le conté la historia.

No se mostró impresionado. Parece que aquel personaje era su cuñado. Le aclaré que estaba muy agradecida. Quizás de haber obtenido aquel trabajo, aún sería la recepcionista de una agencia de publicidad y mi variada vida habría sido completamente diferente. Nunca lo sabré.

Carta Abierta A Mi Familia De Twitteros

Queridos amigos twitteros,

Quizás algunos sepan más de mí que otros. Para estos últimos, cuento que llevo varias décadas en esta pasión llamada periodismo. Escribo desde muy chica. Mi primera publicación en un diario local de mi Adrogué nativo me encontró con sólo 13 años.

He tenido múltiples comunicaciones con “mi” público a lo largo de los años. En la mayoría de los casos ha sido muy reconfortante para mi. Otras veces no tanto. Y cómico también. Como cuando un compañero de tareas trajo a su hijita al canal donde trabajaba y le dice a la niña: “esta es Lana, la que sale en la tele”, a lo que la pequeña contestó “es más linda por TV”. Jajaja!

O aquella vez en WNJU de Telemundo. Un hombre -supuestamente un admirador- me escribía cartas a mano todas las semanas (pre-internet), algunas de ellas conteniendo pequeñas piedras que –según él- provenían de “su planeta, Alfa Centauri”. Un día, como la recepcionista se negó a pasarle la llamada número 25 a mi interno, colgó el teléfono con la amenaza de “entonces voy para el canal”. Hubo que llamar a la policía, aunque no pasó a mayores.

La comunicación hoy es tan diferente. Leo lo que me escriben, y casi puedo adivinar características personales, el sentido del humor, la ironía, la cultura o la falta de ella. Es tan directo. No me refiero a los detractores: a quienes no conocen otra forma de comunicación que el insulto, los bloqueo sin miramientos.

Veo sus perfiles, muchos de los cuales lejos de mostrar quienes son, llevan fotos de sus perros o de celebridades importadas o personajes de historieta, con nombres o seudónimos que no me dejan claro si son hombre, mujer, joven, no tan joven, etc. Aunque revelan equipos favoritos, orgullo de padres, lugar de residencia. Detalles que disfruto.

Y si bien son todos argentinos (a Uds. va dirigida esta nota), están en Chivilicoy, Calafate, en Italia, Canadá o en Buenos Aires. En Alemania o Menchogue, Mar del Plata, La Plata, Bahía Blanca, Mendoza y más.

Tenemos muchas más cosas en común que las que nos separan, más allá de ser argentinos. Queremos un país mejor. Hemos visto lo que gente mala es capaz de hacer y cómo por décadas han manipulado mentes maleables para que los sigan como autómatas. No queremos eso. Ni para nuestros hijos ni para los hijos de los demás.

Soñamos con un futuro mejor para todos, en el verdadero sentido de la tan vapuleada palabra socialismo.

Cuando escribí esas pocas palabras que explicaban que mi futuro cercano me tendrá un poco alejada de las redes sociales, por un nuevo proyecto laboral (*), repentinamente me inundaron de tantos mensajes calurosos y amorosos, deseándome suerte y progreso, expresando una necesidad de que “no los abandone” que me conmovieron hasta las fibras más íntimas. De verdad.

Hasta fantaseé con decir “si sale elegido MM viajo a Baires y voy a organizar una reunión masiva para conocernos”. Claro que eso se choca con la realidad de que cada uno está en otra parte; que no tengo los medios para organizar una ‘reunioncita’ de miles de personas, y que probablemente mi posibilidad de viajar cuando recién empiezo en un nuevo trabajo será muy limitada. Pero si, fue una fantasía que me dió una caricia cálida en el corazón.

¿Y si ganan los malos? No. No puedo pensar así.

Ante esa alternativa recordé un programa de acá. Una comediante (Sarah Silverman) quien es anti Trump, hizo un programa llamado “I love you America” donde se relaciona con gente que piensa y cree todo lo opuesto a ella. Se mete en sus casas y hablan, intercambian ideas. Solo ví uno de los programas, pero me sorprendió. Cuando Sarah llega, la reciben fríamente, con recelo, casi con odio (la grieta no es exclusiva de Argentina). Y luego de la charla en la que tocan muchos temas e “intentan entenderse”, la tensión afloja. Ninguno cambia de “lado”, pero al menos se miran más humanamente, con paciencia y comprensión de ambos lados, terminan despidiéndose con abrazos y sonrisas relajadas.

Creo fervientemente que la confrontación no cambiará la mentalidad de nadie. Quizás haya otro camino. Si conoces a alguien que está en la vereda opuesta, por ahí lo mejor que podes hacer es juntar información e invitarlo/a para tomar un mate o un café, y tratar de explicarle tu punto de vista a la vez que preguntarle por el suyo. Quizás no logres mucho o simplemente deje de verte como el enemigo. Quizás lo que digo es de una inocencia utópica que no condice con mi madurez. Pero no queda otra. Está en juego la República, el futuro de todos los argentinos, y no hay otra opción que tomar la sartén por el mango e intentar hacer algo.

Como ya dije, muchos de vuestros tweets me estrujaron el corazón con mensajes de “no nos dejes”, como si mis palabras hicieran alguna diferencia. Solo soy una piba de Adrogué que decidió hacerse hippie y viajar por el mundo a los 18. Y cuando volvió 2 años después a los 20, sintió que ya no era de allá, ni de acá, ni de ninguna parte. Por eso tengo mi hogar donde están mis afectos. Huérfana de madre y padre, no puedo alejarme ni de mi hija que se quedará en este país, ni de mi pareja, quien nació y creció aquí.

No se sientan solos, ni huérfanos, ni impotentes. Está en sus manos luchar por lo que creen.

No desapareceré. Así sea en mi hora de almuerzo o antes de irme a dormir, seguiré apoyando ese ejército anónimo de gente que quiere lo mejor para sí y para los demás.

No soy “la de la tele”. Soy una persona como todos ustedes. He tenido mis dramas y dolores personales, mis pérdidas afectivas y económicas. Mi vida y la de mi familia han sido amenazadas. He llorado y he crecido. También he sido muy feliz. No soy más ni menos que ninguno de ustedes.

Los admiro porque viven una realidad muy dura e igualmente siguen adelante. Aquí estoy queridos twitteros. Gracias. No me iré a ninguna parte.

(*) Lo anunciaré en cuanto pueda. No es frente a cámaras.