Contando Mis bendiciones

Dos pedacitos de historias de vida. De vidas ajenas, que ayudan a poner en perspectiva la mía y a contar mis bendiciones.

La primera. Isabel era una señora hondureña que venía a ayudarme a limpiar mi apartamento una vez por mes. Siempre le preparaba cosas para que se llevara. Comida, ropa, cosas para la casa. Un día me contó que con su hijo usaban platos descartables de telgopor (poliestireno expandido) porque no tenía juego en casa y esos eran baratos. Con mi feroz defensa del medio ambiente, y sabiendo que sus platos aún estarían en el planeta dentro de quinientos años, tratando de degradarse, me fui a su casa y le llevé un juego completo de platos de cerámica que había comprado para mi hija. Ella no los necesitaba.

De los platos, llegué a la conversación de los cuchillos.

-“En casa no tengo cuchillos señora Lana” Me dijo.

– “Mi marido me abusaba. Tenía tanto miedo que un día me matara, que en casa sólo teníamos cuchillos de plástico. Yo guardaba uno escondido para cocinar, pero me cuidaba de que él no lo viera”.

Con qué naturalidad y simpleza me contó una parte terrible de su pasado, del cual pudo huir físicamente. Es evidente que el temor aún lo tiene instalado en su sistema interno de supervivencia. Le regalé media docena de cuchillos. Espero que los use sólo para cortar verduras.

La otra historia tiene que ver con una conversación ajena. Estaba en un instituto haciéndome terapia física para un problema en el hombro. Es una habitación grande llena de máquinas y aparatos de rehabilitación. Los clientes compartimos el espacio. Mientras hacía uno de mis ejercicios, el paciente que estaba más cerca conversaba con la terapeuta. Ahí me enteré que ese joven de unos 35 años, había huido de Venezuela después que sus secuestradores lo liberaron, luego del pago de un rescate. Lo tuvieron cuatro días, lo torturaron, sus captores le hicieron el juego del policía bueno/policía malo, donde “cuatro decían que me querían matar y dos decían que no”. Se escapó con lo puesto hacia Estados Unidos.

La situación no daba para hacerle preguntas.

¿Habrá venido solo?

¿Su familia aún está allá?

¿Consiguió papeles en EEUU?

No podré saberlo. Lo miré de reojo y a simple y prejuiciosa vista, no tenía apariencia de ser un millonario exitoso. Simplemente un joven con una mochila pesada.

Para mí, son otras oportunidades de contar mis bendiciones. Ni más ni menos.

Foto: Manos orando de Leonardo Da Vinci

 

 

 

Mi Experiencia Con El Apartheid

(For English scroll down)

A punto de cumplir 19 años, llegué a Londres de mochilera, aunque en barco. Un amigo que conocí viajando en los meses anteriores me ayudó a encontrar un lugar donde vivir. El compartía un “flat” como le dicen allá a los departamentos, con una pareja irlandesa y había un tercer dormitorio que se convertiría en mi casa londinense por 3 meses. Los cuatro compartíamos cocina, comedor y baño, el cual, les extrañará igual que a mí, no tenía ducha, sólo bañera. Mi primer gasto fue comprar una manguera de goma con ducha en la punta, que inserté rápidamente en la canilla de la bañera que me rehusaba a utilizar. Como detalle al margen, mi amigo y compañero de casa, no se bañó (ni con ducha ni con baño de inmersión) en lo que duró mi estadía. Su habitación olía como un refugio de animales salvajes.

No tenía reservas y necesitaba conseguir un trabajo urgente. No recuerdo como encontré uno como mucama en un hotel de segunda categoría. Allí los empleados (ninguno era británico, y nadie tenía permiso de trabajo) veníamos de todas partes del mundo. Había una española que fue a aprender inglés, gente de Bolivia y otros lugares que no recuerdo. Lo que nunca olvidaré fue una experiencia muy desagradable.

Era la época del apartheid en Sudáfrica. Un grupo de jugadores de cricket de ésa nacionalidad se estaba quedando en el hotel. Todos blancos. A mí me tocaba limpiar la habitación de uno de ellos. Se notaba claramente que estaban acostumbrados a tratar a “cierta gente” como ciudadanos de segunda clase, sin consideración alguna. Era una tarea muy desagradable. Más allá de tener que ocuparse de la suciedad ajena, el joven, quien me llevaría unos 5 años, dejaba su ropa sucia y maloliente tirada por todo el piso de la habitación. No nos daban guantes descartables. Yo la pateaba toda junta hacia un rincón y la levantaba usando una toalla limpia para dejarla sobre una silla. Limpiaba el cuarto y me iba. Solo lo vi brevemente una vez. Ni me saludó. Lo peor le tocó a la chica española. Una jovencita fina y educada. La encontré llorando en el corredor y le pregunté que le pasaba. El huésped de ella, cuando estaba por retirarse del hotel, le dijo “puedes quedarte con el jabón que usé”. Una innecesaria humillación extra a quien no podía defenderse. Le contesté con una frase que desde entonces he utilizado muchas veces para describir a personas malas o deshonestas: “lo peor que le puede pasar a él es que tiene que convivir consigo mismo las 24 horas del día. Ese es su castigo”.

No puedo ni imaginar lo que habían vivido los sudafricanos negros durante ese periodo nefasto.

My Experience With Apartheid

About to turn 19, I came to London as a backpacker, although by ferry. A friend I met traveling in the previous months helped me find a place to live. He shared a “flat”, as they call apartments there, with an Irish couple and there was a third bedroom that would become my London home for 3 months. The four of us shared a kitchen, a dining room and a bathroom, which shockingly did not have a shower, only a bathtub. My first expense was buying a rubber hose with a shower on the tip, which I quickly inserted into the tub spigot for I refused to use it otherwise. As a side note, my friend and housemate did not bathe (or shower or dip bath) during my stay. His room smelled like a shelter for wild animals. I had no savings and needed to get a job as soon as possible. I do not remember how I found one as a maid in a second-class hotel. There the employees (none were British, and no one had a work permit) came from all over the world. There was a Spaniard who went to learn English, people from Bolivia and other places that I do not remember. What I will never forget was a very unpleasant experience.

It was the apartheid era in South Africa. A group of cricket players of that nationality were staying at the hotel. All white. I had to clean the room of one of them. It was clear that they were accustomed to treating “certain people” as second-class citizens, without any consideration. It was a very unpleasant task. Beyond having to deal with other people’s dirt, the young man, who was about 5 years my senior, left his dirty and smelly clothes lying all over the floor of the room. They did not give us disposable gloves. I kicked them all the way to a corner and lifted them up using a clean towel to put them on a chair. I cleaned the room and left. I only saw the guest briefly once. He didn’t even say hello. The Spanish girl got the worst of it. She was a fine and educated girl. I found her crying in the corridor and I asked her what was wrong. As her guest was about to leave the hotel, said to her “you can keep the soap that I used.” An unnecessary extra humiliation to someone who could not defend herself. I replied with a phrase that I have used many times since to describe bad or dishonest people: “the worst thing that can happen to him is that he has to live with himself 24 hours a day. That is his punishment. ” I can’t even imagine what the black South Africans had to experience during that nefarious period.

 

Porqué Terminé Trabajando en la TV

Tenía dulces 16 años. Mi hermano 18. Estábamos en el comedor diario de nuestra casa familiar de Adrogué. Era una tardecita de invierno, la estufa y el televisor encendidos.

Mi hermano y yo comíamos apaciblemente barquillos, cuidadosamente untados con dulce de leche.

Mi padre Adelino, era hombre de pocas palabras. Al menos con sus hijos.

Entró al comedor y nos preguntó si habíamos hecho la tarea. Ambos contestamos (o seguramente mascuyamos) algo similar a “ya la haremos”.

Un rato después, regresó y repitió la escena anterior. Esta vez le dijimos algo como “en seguida”. O algo así.

Cabe aclarar que la TV de entonces no era una pantalla plana inteligente con control remoto, sino una caja gigantesca de madera que en su interior contenía una pantalla. Contábamos con la enorme cantidad de 3 o 5 canales que había que cambiar levantándose y dando vuelta la perilla en el mismo aparato. La misma hacía un ruidoso “clank, clank” con cada movimiento. Era enorme y pesada.

La tercera vez que mi viejo entró, no dijo nada. Apagó la tele, desenchufó la misma, la levantó cual Sansón, se la llevó a su auto…y nunca más la vimos.

Como a los 18 me fui de viaje, no volví hasta los 20 y recién a los 22 me pude comprar mi propia TV (*) fueron 6 años de no ver tele en Argentina. Puedo asegurar que en muchas conversaciones de esos años, me sentí más desorientada que piojo en peluca(1). Miles de referencias, conversaciones, frases y temas tienen que ver con lo que la gente ve en la “caja boba”. Para mi era como si hablaran en otro idioma.

Debo decir que muchos años después, cuando mi padre estaba transitando el final de su vida, ya postrado, tuvimos una charla sobre ese episodio. Entre risas, le dije que era culpa de ese momento y suya, que al final, su esfuerzo de mantenerme alejada de la tele hizo que terminara trabajando en la televisión. Parece que todo fue una cuestión de rebeldía.

 

 

(*) Un aparato de segunda mano cuya pantalla deformaba la imagen y hacía que todos sus personajes salieran más altos y delgados que lo que eran. Me encantaba el teniente de la serie “Combate” hasta que lo vi en una televisión normal, y me pareció regordete.

(1) Esta frase la inventé alrededor de la misma época de ésta anécdota y la vengo repitiendo desde entonces, usándola en lugar del consabido “más desorientado que turco en la neblina”. Después de tantas décadas, al fin la he escuchado por otro lado, así que aparentemente se popularizó.

 

La Vida Te Da Sorpresas, Sorpresas Te Da La Vida

Cuando tenía 20 años buscaba trabajo en Buenos Aires a través de una agencia de empleos/head hunters o como las llamen ahora. Mi currículo era modesto: secundaria, inglés, un par de años recorriendo el mundo como una aventurera y paremos ahí.

Me enviaron a una entrevista en unas oficinas en las cinco esquinas de Recoleta sin decirme qué era.

No tenía cartel afuera ni existía Google, así que sin saberlo fui a una de las agencias de publicidad más grandes del momento. Era Ratto (https://es.wikipedia.org/wiki/David_Ratto )

Necesitaban recepcionista. Me atendió alguien de apellido Petinatti si no me traiciona mi memoria.

Me pidió que nombrara agencias de publicidad. Creo que mencioné una sola.

Entre las preguntas que me hizo, recuerdo ésta: “decime una publicidad que hayas visto”. Me dió vergüenza confesar que desde que tenía 16 años cuando mi papá regaló nuestra TV (esa es otra historia) no veía tele. Sin embargo recordé una que había visto en la casa de alguien. Era de una maquinita de afeitar. Me preguntó porqué la recordaba y contesté que por dos cosas. Primero porque el actor estaba en una silla giratoria dando la espalda a cámara. Se da vuelta y pregunta mirando al televidente: ¿con qué maquinita me afeité? Después de una breve pausa contesta “no, es con…tal producto”. Aclaré que me llamó la atención que el personaje “leyera mi mente” ya que pensé en Gillette y me dijera “no” mencionando que era la competencia. Lo segundo que me llamó la atención, fue que el actor fuese rubio. Le expliqué que me parecía una mala elección ya es mucho más fácil mostrar un hombre bien afeitado rubio, que un moreno bien peludo.

El señor miró a esta veinteañera con los ojos entrecerrados con cara de sospecha por unos momentos, y dió por terminada nuestra entrevista.

La agencia que me envió me contó que no pudieron convencer a la gente de Ratto que lo que dije fue absolutamente espontáneo y que no había sido “preparada” por nadie. Resulta que esa publicidad, era de la agencia Ratto.

Muchos años después, contratada para conducir un evento de agencias de publicidad en un elegantísimo hotel de Buenos Aires, conocí a David Ratto y le conté la historia.

No se mostró impresionado. Parece que aquel personaje era su cuñado. Le aclaré que estaba muy agradecida. Quizás de haber obtenido aquel trabajo, aún sería la recepcionista de una agencia de publicidad y mi variada vida habría sido completamente diferente. Nunca lo sabré.

Carta Abierta A Mi Familia De Twitteros

Queridos amigos twitteros,

Quizás algunos sepan más de mí que otros. Para estos últimos, cuento que llevo varias décadas en esta pasión llamada periodismo. Escribo desde muy chica. Mi primera publicación en un diario local de mi Adrogué nativo me encontró con sólo 13 años.

He tenido múltiples comunicaciones con “mi” público a lo largo de los años. En la mayoría de los casos ha sido muy reconfortante para mi. Otras veces no tanto. Y cómico también. Como cuando un compañero de tareas trajo a su hijita al canal donde trabajaba y le dice a la niña: “esta es Lana, la que sale en la tele”, a lo que la pequeña contestó “es más linda por TV”. Jajaja!

O aquella vez en WNJU de Telemundo. Un hombre -supuestamente un admirador- me escribía cartas a mano todas las semanas (pre-internet), algunas de ellas conteniendo pequeñas piedras que –según él- provenían de “su planeta, Alfa Centauri”. Un día, como la recepcionista se negó a pasarle la llamada número 25 a mi interno, colgó el teléfono con la amenaza de “entonces voy para el canal”. Hubo que llamar a la policía, aunque no pasó a mayores.

La comunicación hoy es tan diferente. Leo lo que me escriben, y casi puedo adivinar características personales, el sentido del humor, la ironía, la cultura o la falta de ella. Es tan directo. No me refiero a los detractores: a quienes no conocen otra forma de comunicación que el insulto, los bloqueo sin miramientos.

Veo sus perfiles, muchos de los cuales lejos de mostrar quienes son, llevan fotos de sus perros o de celebridades importadas o personajes de historieta, con nombres o seudónimos que no me dejan claro si son hombre, mujer, joven, no tan joven, etc. Aunque revelan equipos favoritos, orgullo de padres, lugar de residencia. Detalles que disfruto.

Y si bien son todos argentinos (a Uds. va dirigida esta nota), están en Chivilicoy, Calafate, en Italia, Canadá o en Buenos Aires. En Alemania o Menchogue, Mar del Plata, La Plata, Bahía Blanca, Mendoza y más.

Tenemos muchas más cosas en común que las que nos separan, más allá de ser argentinos. Queremos un país mejor. Hemos visto lo que gente mala es capaz de hacer y cómo por décadas han manipulado mentes maleables para que los sigan como autómatas. No queremos eso. Ni para nuestros hijos ni para los hijos de los demás.

Soñamos con un futuro mejor para todos, en el verdadero sentido de la tan vapuleada palabra socialismo.

Cuando escribí esas pocas palabras que explicaban que mi futuro cercano me tendrá un poco alejada de las redes sociales, por un nuevo proyecto laboral (*), repentinamente me inundaron de tantos mensajes calurosos y amorosos, deseándome suerte y progreso, expresando una necesidad de que “no los abandone” que me conmovieron hasta las fibras más íntimas. De verdad.

Hasta fantaseé con decir “si sale elegido MM viajo a Baires y voy a organizar una reunión masiva para conocernos”. Claro que eso se choca con la realidad de que cada uno está en otra parte; que no tengo los medios para organizar una ‘reunioncita’ de miles de personas, y que probablemente mi posibilidad de viajar cuando recién empiezo en un nuevo trabajo será muy limitada. Pero si, fue una fantasía que me dió una caricia cálida en el corazón.

¿Y si ganan los malos? No. No puedo pensar así.

Ante esa alternativa recordé un programa de acá. Una comediante (Sarah Silverman) quien es anti Trump, hizo un programa llamado “I love you America” donde se relaciona con gente que piensa y cree todo lo opuesto a ella. Se mete en sus casas y hablan, intercambian ideas. Solo ví uno de los programas, pero me sorprendió. Cuando Sarah llega, la reciben fríamente, con recelo, casi con odio (la grieta no es exclusiva de Argentina). Y luego de la charla en la que tocan muchos temas e “intentan entenderse”, la tensión afloja. Ninguno cambia de “lado”, pero al menos se miran más humanamente, con paciencia y comprensión de ambos lados, terminan despidiéndose con abrazos y sonrisas relajadas.

Creo fervientemente que la confrontación no cambiará la mentalidad de nadie. Quizás haya otro camino. Si conoces a alguien que está en la vereda opuesta, por ahí lo mejor que podes hacer es juntar información e invitarlo/a para tomar un mate o un café, y tratar de explicarle tu punto de vista a la vez que preguntarle por el suyo. Quizás no logres mucho o simplemente deje de verte como el enemigo. Quizás lo que digo es de una inocencia utópica que no condice con mi madurez. Pero no queda otra. Está en juego la República, el futuro de todos los argentinos, y no hay otra opción que tomar la sartén por el mango e intentar hacer algo.

Como ya dije, muchos de vuestros tweets me estrujaron el corazón con mensajes de “no nos dejes”, como si mis palabras hicieran alguna diferencia. Solo soy una piba de Adrogué que decidió hacerse hippie y viajar por el mundo a los 18. Y cuando volvió 2 años después a los 20, sintió que ya no era de allá, ni de acá, ni de ninguna parte. Por eso tengo mi hogar donde están mis afectos. Huérfana de madre y padre, no puedo alejarme ni de mi hija que se quedará en este país, ni de mi pareja, quien nació y creció aquí.

No se sientan solos, ni huérfanos, ni impotentes. Está en sus manos luchar por lo que creen.

No desapareceré. Así sea en mi hora de almuerzo o antes de irme a dormir, seguiré apoyando ese ejército anónimo de gente que quiere lo mejor para sí y para los demás.

No soy “la de la tele”. Soy una persona como todos ustedes. He tenido mis dramas y dolores personales, mis pérdidas afectivas y económicas. Mi vida y la de mi familia han sido amenazadas. He llorado y he crecido. También he sido muy feliz. No soy más ni menos que ninguno de ustedes.

Los admiro porque viven una realidad muy dura e igualmente siguen adelante. Aquí estoy queridos twitteros. Gracias. No me iré a ninguna parte.

(*) Lo anunciaré en cuanto pueda. No es frente a cámaras.

No Te Mueras Sin Decirme A Donde Vas (1)

Tengo buen oído pero no he superado la categoría de “cantante de ducha”. Sin embargo cuento entre mis tesoros amistosos a muchos músicos y cantantes, a quienes admiro profundamente.

Tampoco soy directora de cine, pero he coleccionado una serie de “ellos” que han enriquecido mi vida.

Por alguna razón que será eternamente misteriosa, dos directores amigos fallecieron inesperada y prematuramente, dejándome para siempre en ese estado de ‘conversación pendiente’.

Uno fue Fabián Bielinsky (2). Nos conocimos allá a fines de los 70, ambos éramos muy jovencitos. El, asistente de asistente de producción. Yo modelo. Creo que no se me acercaba mucho porque seguramente se sentía intimidado por mi juventud y desparpajo. Muchos años después vi Nueve Reinas y El Aura, dos fenomenales películas que dirigió. “Algún día lo llamaré para felicitarlo”, pensé entonces.

A finales del 2005, viajé de visita a Buenos Aires y, montada en un taxi porteño vi en medio del tráfico una camioneta blanca con su nombre, era de su productora de cine. Una clara señal. No sabía si me recordaba. Lo busqué y le escribí un mail, ya desde Miami, para felicitarlo por lo talentoso. Me contestó emocionado. Sorpresivamente se acordaba de mí mucho más que yo de él y estaba gratamente agradecido con mi comunicación. Intercambiamos unos pocos emails con la promesa de encontrarnos a tomar un café la próxima vez que coincidiéramos en una ciudad. Pocos meses después fallecía inesperadamente en un hotel de Brasil.

Conocí a Eduardo Mignona(3) entrevistándolo para un programa de TV que conducía. Qué tipo cálido, inteligente y sensible. Quedamos en contacto y cada muerte de obispo, cuando regresaba a visitar a mis padres en Buenos Aires, nos hacíamos un ratito para intercambiar novedades. No hablábamos de la familia –de hecho nunca conocí a su esposa o hijos ni él a mi entonces marido ni hija-. Hablábamos de películas, de libros, de vivencias pasadas. Era como abrir un libro animado, o un audio/video libro. Muy sencillo y humilde, pero culto, divertido y profundo.

Me encantaban esas charlas. Así que antes de uno de tantos viajes, le mandé un mensaje diciéndole que llegaría a Baires a ver si se hacía un ratito para vernos. No me contestó. Me pareció raro. Insistí. Y nada. Silencio de radio. Pasó el tiempo, no sé cuánto. ¿Un año quizás? ¿Más? Y de repente, se murió sin decirme a donde iba.

No se si por coquetería ya que el maldito cáncer suele ser muy cruel, o por enojo con su suerte, decidió desaparecer de la vida publica, dejándome a mí y seguramente a muchos más, en la parte externa de su círculo íntimo.

Es desolador no poder despedirse. Me ha pasado muchas veces.

Cuando vivía en NYC, un productor con quien habíamos trabajado en Miami, Rick Rivero, se contagió Sida, una sentencia de muerte de la época. En ese momento ser gay y tener Sida conllevaba un estigma intolerable. Él escondió su situación. Era fácil saberlo: afuera de la puerta de su habitación del hospital, decía claramente: “paciente con infección A.I.D.S. No tocar, no compartir bebidas, etc.”.

En nuestro acuerdo tácito, él hacía silencio y yo me hacía la tonta. Un día se murió sin darme la oportunidad de decirle que no me hacía ninguna diferencia que fuese gay ni que tuviese cualquier enfermedad. Que lo quería igual. Se fue para siempre sin despedirse como se debe.

Esa brutal sensación de quedarte con cosas para decir o para hacer, como un abrazo eterno.

Por eso a mis amigos y seres queridos, les digo continuamente que los quiero. A veces me miran raro. A veces contestan rápidamente -para no quedarse atrás- que ellos también me quieren.

Date vuelta y decírselo a quien está al lado tuyo concentrándose en su celular. Llama a tus padres, familiares, amigos y decílo en voz alta. Ya. No hay tiempo que perder.

Cuando se mueran no te dirán a dónde van.

 

(1) título de una película de Eliseo Subiela

(2) https://es.wikipedia.org/wiki/Fabi%C3%A1n_Bielinsky (3)https://es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_Mignogna

Las Manos De Mi Madre

Publiqué en las redes sociales una foto con las manos de mi mamá, junto a las de mi hija y las mías. Las respuestas y comentarios me inspiraron a escribir que las manos de mi madre, son aquellas que se negaron a tocarme los primeros meses de mi vida, hasta comprobar que no llevaba en mí la misma enfermedad que había matado a mis dos hermanitas. Esas manos que morían por tenerme en brazos y acariciarme, llegaron a un acuerdo con mi padre de no encariñarse con la recién nacida “por si acaso”.

Luego esas manos me alimentaron de comida sana, tortas de chocolate, de amor, de mimos y de cuidados por muchas décadas.

Esas manos siempre estaban listas para todos. Familia, amigos y desconocidos.

Esas manos se fueron arrugando, manchando, llenando de artritis y dolores, pero nunca dejaron de coser ropa, de cocinar mis platos favoritos, de organizar álbumes de fotos, cajones y todo aquello que le pusiese delante ante su pregunta de ¿en qué te puedo ayudar?

Esas manos cuidaron a su marido durante 64 años como una experta y una amante eterna.

Esas manos siguieron haciendo y enseñando cerámica y escultura hasta su partida a los 91.

Esas manos cuidaron con un amor infinito a su nieta adorada, la misma que hacía bailar de amor a su corazón. Esas manos le cocinaban, le cosían, le enseñaban todo lo que podían transmitirle a ese ser que le dio sólo alegrías durante sus 22 años de vida.

Esas manos abrían la computadora que contenía mis notas y que mi madre me leía mientras yo manejaba para trabajar en Hola TV y me ayudaban a memorizar la información que grabaría un rato más tarde.

Esas manos aún jugaban a las cartas y a los dados, hacían crucigramas a diario manteniendo intacto su cerebro, acomodaban placares, escribían emails, pagaban cuentas, hacían cuentas con lápiz y cargaban las bolsas del supermercado.

Esas manos de piel tan suave pero sin huellas digitales tras tantos años trabajando con la arcilla, que le dieron infinidad de problemas con la documentación inmigratoria a EEUU, se fueron para no volver.

Esas manos, deben estar tejiendo bufandas a los ángeles para que no se resfríen.

 

Cosa Rara La Muerte

Que rara es la muerte. Tan definitiva, tan eterna, tan inapelable ella.

No estamos bien educados. Al nacer, todos y cada uno de nosotros tenemos una sola certeza: que allá lejos dentro de muchas décadas, o en minutos nada más, nos tocará.

Nos pondrá su huesuda mano en el hombro y suave, sensualmente, nos susurrará al oído “llegó el momento”. No habrá nada en el mundo que nos salve de ello. Ni fama, ni fortuna. No hay bondad ni maldad que nos libre de nuestro último minuto en éste plano.

Nuestro mayor problema no surge por morirnos, sino porque no sabemos qué nos espera del otro lado.

¿Es verdad lo del túnel oscuro con una potentísima luz al final?

¿Hay cielo?

¿Hay infierno?

¿Nos esperan 70 y pico de vírgenes?

¿Llevaré mis pertenencias, con las que fui enterrado, al más allá?

¿Está bien que me embalsamen? ¿Que me cremen? ¿Que me entierren? ¿Que mis cenizas sean esparcidas en el mar?

¿Nos ven los espíritus de nuestros seres queridos? ¿Nos escuchan? ¿Pueden ayudarnos?

¿Les importa si vamos o no a aprobar el examen, conseguir ese trabajo o si tal persona será el amor de nuestras vidas o nos destrozará el corazón?

Cada religión, secta y creencia ha inventado una respuesta y una historia diferente para aplacar o controlar a los pueblos.

¿Y quienes no siguen una religión o secta organizada tienen más tranquilidad al respecto? ¿O es aún peor?

Hay pueblos, como los mexicanos, que festejan la muerte. La celebran. No es que no la sufran, pero desarrollaron una relación más cercana con ella y quizás eso aplaque su sufrimiento. Tengo que hablar con mexicanos para saber la respuesta.

Lo cierto es que toda ésta diatriba surge del hecho que muchas personas queridas han muerto ya a lo largo de mi vida, pero ninguna me afectó tanto como mi madre.

Aún no he logrado borrar sus teléfonos de mi celular a 2 años y 4 meses de su partida. Le hablo a diario en privado y también en voz alta (cuando estoy manejando, por ejemplo). Percibo señales de su presencia. La sueño. Y de ésa forma se me hace más soportable su ausencia.

Siempre pensé que educamos mal a nuestros niños cuando evitamos el tema. Decimos “el abuelito se fue al cielo”. “Tu perrito se escapó”. En vez de decir, simplemente “se murió”.

Recuerdo cuando mi hija tenía unos 3 años. El papá se la había llevado por el fin de semana y la trajo de vuelta con un par de horas de demora. ¿Que paso? Le pregunté cuando vino mientras Nicole corrió a agarrar a nuestros gatos y se generó el siguiente diálogo:

El: murió Pape. (El bisabuelo)

Yo: le dijiste a Nicole?

El: no

Así que ésa noche, mientras la bañaba, le dije “te acordas de Pape?

“Si”.

“Bueno, ahora vas a tener que recordarlo en tu corazón porque no lo vas a volver a ver. El se murió”.

Ella me miró por un instante, como pensando, y siguió jugando con sus patitos de goma.

La semana siguiente caminábamos por la calle y me dice: “mira mami, una abejita”.

Le advertí: “no la toques mi amor. Aunque está muerta igual te puede picar”.

Y me respondió: ¿”Como Pape”?

“Si, como Pape”.

Ella procesó con naturalidad la noticia.

No es que haya sufrido menos cuando murieron sucesivamente su abuelo, su bisabuela y su abuela ya siendo más grande, pero tengo confianza que de alguna forma, saber que es algo que está en la agenda de todos y cada uno, alivia en algo el dolor.

Primer Aniversario. First anniversary

Hoy 26 de octubre de 2017, hace ya un año que un mal diagnóstico y su consiguiente tratamiento incorrecto se llevaron a mi mamá en una muerte prematura. No por su edad, ya que tenía 91, sino porque a sus más de nueve décadas era independiente, vivía sola, hacía las compras, cocinaba, daba clases de escultura, terminaba diariamente las palabras cruzadas después de leer el diario, leía varios libros por mes, y asistía a clases de gimnasia 3 veces por semana, colaborando al contar la cantidad de repeticiones de los ejercicios, ayudando así a la “profesora” quien se confundía. Su mente estaba mejor que la mía hoy. Su memoria era prodigiosa. Siempre le hacía la broma de que ella escribiría algún día mis memorias. Y además cosía y arreglaba ropa, invitaba a sus amigas a tomar el té, y a mi a almorzar y cenar todo lo que podía, usando mis comidas favoritas como excusa tentadora para verme más seguido. Era mi fanática número uno. No se perdía ninguno de mis programas de TV, publicaciones en mi blog o mis relatos de viajes o de la realidad diaria.

Tal como me dijeron quienes ya habían pasado por esta experiencia tan dolorosa, uno aprende a vivir con las ausencias, uno termina aceptando que ya no podrá volver a llamarla por teléfono mientras maneja para contarse las novedades mutuas, ni abrazarla, ni oler su aroma. Uno admite ese doloroso “nunca más” de cuando un ser amado nos deja para siempre. Y le habla al éter con la esperanza de que esté en otro plano pero escuchando. Uno le cuenta las novedades, las frustraciones y las alegrías. Porque es posible que no esté o que no escuche. Pero vale la pena por si acaso.

La recuerdo cada día de mi vida. La extraño muchas veces por día. Me dio el mejor ejemplo que puede dar una madre: su amor, su inteligencia y cultura, su manera de estar siempre lista a ayudar y colaborar en todo. Cada ser humano es irreemplazable. Y la madre eleva esa ecuación a la enésima potencia.

Aunque me prometió vivir hasta los 100, lo cual creí a medias, lamentablemente no llegó. Pensé que era eterna y no me equivoqué. Lo es en mi corazón. Te amo mamá.

 

A year ago today a misdiagnosis and its consequent incorrect treatment took my mother from us. It was a premature death. Not because of her age, since she was 91, but because with more than nine decades she was independent, she lived alone, doing all her shopping and cooking, plus teaching sculpture, finishing crosswords daily after reading the newspaper, reading several books a month, and attending gym classes 3 times a week, even collaborating to count the number of repetitions of the exercises, thus helping the “teacher” who was usually confused. Her mind was better than mine today. She had a prodigious memory. I always joked that she would write my memoirs someday. And she also sewed and fixed clothes, invited her friends to tea, and invited me to have lunch and dinner as much as possible, using my favorite foods as a tempting excuse to see me more often. She was my number one fan and never missed any of my TV programs, read all publications on my blog, my travel stories or descriptions of daily reality.

Those who had gone through this painful experience told me that one learns to live with absences, one ends up accepting that one can no longer call her on the phone while driving to tell each other’s news, embrace her, or smell her aroma. One accepts that painful “nevermore” when a loved one leaves us forever. And one speaks to the ether in the hope that she is on another dimension but listening. One tells her the news, the frustrations and the joys of life. It is quite possible that she is not “out there” or that if she is, she cannot listen. But it’s worth trying it just in case.

I remember her every day of my life. I miss her many times a day. She gave me the best example that a mother can give: her love, her intelligence and culture, her way of being always ready to help and collaborate in everything with everybody. Every human being is irreplaceable. And the mother raises that equation many times over.

Although she promised to live to 100, which I wanted to believe, unfortunately she did not make it. I thought she was eternal and I was not mistaken. She is eternal in my heart. I love you mom.

My Sexual Harassment Experience

With all the “Weinstization” I have read lately I thought “why haven’t I made public my own experiences”? More and more famous and anonymous women join the cataract of reports of sexual harassment, abuse and rape. What is the requirement for that to happen to a woman? To be attractive? To dress provocatively? No. None of that. The only requirement is to be a woman and leave your home to work, study or both. Many times men with whom I had to work during my modeling years, from directors to producers (always someone with power over oneself) despite being generally much older than me and mostly married, tried to “go out” with me. Sometimes they even gave me a gift thinking that an imported perfume would bend my will. I was always a strong, independent woman and I know how to defend myself. And that is not a metaphor. In my backpacking trips around Europe, it was a sharp razor that prevented possible rapes and saved my life more than once. So I was never forced to do what I did not want to do. But I endured innumerable uncomfortable and humiliating moments. Alleged “jokes” in front of the whole team, like one I remember from an advertising director: “Lana is sure to like women.” To which I replied: “If the only possible option is you, I will surely start looking at women then”. Everyone laughed. But not me. It was his way of putting pressure on me.

 

There were two very special cases that I believe it’s the right time to make public. Keeping them a secret any longer is helping the abusers. The first one happened with a senior Telemundo executive of Cuban origin with whom I was negotiating my pass from Miami to New York. Confused by his incredible kindness and his multiple job benefits (including paying my gym and even parking in my home, in one of the most expensive cities in the world) I gladly accepted all offers, until the end of the last meeting was sealed with a inappropriate and unexpected hug from him. He left hanging the hand that I offered. A hug that I managed to get rid of after my initial stupor. There I noticed how inappropriate the meeting place was: the restaurant of a hotel. I would not be surprised if he already had a room reserved and that he surely assumed it would be a “natural reaction” on my part. C.B. wasted no time at all. A few hours later the NY news director telephoned me and said some words I will never forget: “The job offer is off and I advise you to learn how to negotiate for next time.” Yes. A woman immediately believed the stalker and did not give me, the harassed woman, the slightest chance to explain anything. She closed the door in my face.

 

As I explained before, I am a strong woman and I arrived (crying and like a wet rat as the lawyer would describe me years later) to see a lawyer, who advised me wisely that “since everything was lost”, I should go over this guy to the top honchos to tell them what happened. I had nothing to lose and what I had was evidence in the form of personal cards that the executive had sent me. They believed me and – hopefully – I got my job back. But the executive suffered no consequences, they didn’t touch him. It was even an open secret that he had a lover in the local Telemundo station to whom he had given a car with funds from the company. He was untouchable.

 

Another episode of the many I could tell happened with former Argentine President Carlos Saul Menem. In 1989 working as Telemundo’s newscaster, I interviewed the president. Later I received a call from an entrepreneur friend, M.F. who told me that Menem invited me to dinner in Manhattan that night with the entire delegation.

Menem was staying at the official residence of ambassador Jorge Vázquez, who has since died, on the elegant fifth avenue. I arrived dressed very modestly in a suit and a silk blouse showing no cleavage, and suspecting nothing. Several limousines awaited us downstairs and we were taken to a famous steakhouse. Vegetarian as I am barely ate a salad and drank water as is my custom. At the end of the meal, they invited me, along with the rest of the people – or so I thought – to have a drink at the ambassador’s residence. We left and someone, I do not remember who, indicated who was traveling in what limo. Suddenly the car moved and I found myself alone with Menem. This man is charismatic and very nice but I want to be clear: I would not touch him with a fishing rod. I asked him where the others were and he told me that everyone would go to the residence. My whole body tensed and I was in a state of maximum alertness. We arrived, got off the limo, and when 10 minutes passed and no one came, I said I had to work early, rejecting the president’s offer to “drink something”, I got into the private elevator and waited alone for a taxi on the cold, dark New York night. I felt used, stupid and it became clear to me what was the role of the “facilitator” entrepreneur who had invited me when the next day he called me and asked me “how it was”, assuming that I had slept with the politician. I kindly told him that nothing had happened and cut off the communication. I still feel a bitter test in my mouth when I think of that episode. What would have happened if I was younger, or more timid or less sure of myself? How many women or girls have not been able to take that taxi?

As with the stories of abuse, harassment, and rape of Hollywood tycoon Harvey Weinstein, there are “facilitators” (and female facilitators!) Who help this culture of aggression, the use of women as sexual objects, even violence against those that dare to resist and even drugs like the case of the multiple rapist Bill Cosby, no matter how much justice acquits him. It’s time for all women to say enough. Enough!

The photos were published in international media. This one came out in “Gente” from Brazil.