Pandemia 2020

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Querido diario. Te he tenido un poco abandonado. Hoy es 27 de Julio de 2051. Lo cierto es que no hay tanto que reportar del presente. No me queda mucho tiempo de vida y he decidido, al fin, hablar de la Pandemia de 2020, tema que vengo evitando desde hace 31 años. Quizás después que ya no esté, alguien encuentre mi diario y le sirva a futuras generaciones.

La pandemia terminó con la vida de más del cincuenta por ciento de la población mundial en ese momento. A mi me salvó la fe. No la fe en Dios. Esa la perdí definitivamente en ese mismo año después de ver lo que pasó. Lo que me salvó de morir fue la búsqueda de la fe. En enero del fatídico 2020, ingresé en un convento en el medio de la selva del país conocido en aquel entonces como Brasil, para hacer un retiro espiritual por seis meses, en busca de Dios. Durante ese tiempo no tuve contacto alguno con otro humano. Las religiosas que allí vivían, tenían sus propias plantaciones de frutas y vegetales, me preparaban sencillas comidas que dejaban dos veces por día en un hueco en la pared con puertitas dobles. Ellas abrían la de su lado, tocaban una pequeña campana, y yo abría la puertita de mi lado para encontrar la bandeja, haciendo la maniobra opuesta cuando terminaba. Mi reciente separación matrimonial me había dejado en una crisis de identidad y una depresión que finalmente determinaron mi destino. Con mis hijos de 25 y 27 años respectivamente y ya independientes, decidí encerrarme por unos meses para buscar en la fe, la solución a mis angustias terrenales. No sabia que durante ese tiempo cambiaría el planeta en forma radical.

Mi rutina era monótona. Me despertaba, rezaba con mucha avidez y esperanza, leía, comía, hacia algún ejercicio en el pequeño patio amurallado y sin salida que tenía asignado a mi habitación, rezaba a la noche y volvía a dormirme. A veces salía a leer a ese patio bajo la sombra de un único árbol y con vista a las copas de los árboles de una selva frondosa y llena de sonidos y aromas. No tenía el menor contacto con el exterior ni siquiera en forma electrónica. Había en mi habitación un antiguo tocadiscos, una verdadera antigüedad aún en aquella época, con unos cuantos discos de pasta dignos de un museo, solo de cantos gregorianos y un par de música de Bach. Así que en mi búsqueda de fe, estuve completamente ausente de lo que estaba pasando fuera de nuestras paredes de piedra rodeadas de una densa vegetación selvática. Cuando finalmente llego el día de mi regreso a la civilización, la misma ya no era tal.

Las religiosas tenían una radio a transistores que utilizaban una vez por semana y una pequeña antena en el techo de la iglesia, con la cual podían enviar y recibir mensajes desde la ciudad más próxima. Así que ellas sí sabían, al menos en parte, lo que estaba pasando, pero decidieron por expreso pedido mío, no decirme nada hasta el final de mi encierro. Cuando requerí que no me informaran nada de lo que sucediera afuera, no tenía previsto lo que podría pasar. Ni yo ni nadie.

El primer día de julio de 2020, en vez de mi desayuno, me pasaron una nota diciendo que ya podía salir de mi claustro para desayunar con ellas. Confieso que mi estado mental después de seis meses de encierro solitario sin el menor contacto humano, no había mejorado. Por el contrario. Diría que había empeorado. Estaba flaca, demacrada –cuando al fin me vi en un espejo-, no había encontrado la fe que buscaba, y ya no podía esperar a volver a ver y abrazar a mis hijos. Eso, me enteré pronto, no sería posible.

Durante mi relativamente corta ausencia del “mundo civilizado” como nos gustaba llamarlo irónicamente, casi un cincuenta por ciento de la población mundial había sido afectada por un virus que llamaron Covid-19. Muchas de las primeras víctimas fatales eran personas mayores de sesenta años. Con una mezcla de ignorancia y soberbia, muchos de los gobiernos de la época ocultaron la gravedad del tema durante días o semanas criticas, lo que provocó que se extendiera como un incendio de árboles secos. La gente no contaba con información fehaciente y millones no tomaron el tema con la seriedad necesaria a la velocidad prudente. Como las primeras víctimas aparentemente eran mayores, los mas jóvenes siguieron con su vida habitual, sin cuidarse lo suficiente y sin mantenerse aislados. Eso fue, lamentablemente, lo que pasó a mis hijos. A pesar del tiempo transcurrido, escribo esto mientras lloro. Nunca pude despedirme de ellos. Para cuando salí del convento, ambos habían fallecido, contagiados del virus que vino a actuar como un meteorito para los dinosaurios. Su padre se contagió cuidándolos y tampoco sobrevivió. Mis padres fueron los primeros en caer. Toda mi familia había desaparecido en menos de seis meses. Pronto me enteraría que casi todos mis amigos habían corrido la misma suerte. Fui capaz de conocer toda esa información a través de una tecnología de la época que llamábamos Internet. Se había creado un registro planetario de víctimas fatales con nombres, fechas de nacimiento, muerte y ubicación de los mismos en su momento final. Que sucedió después con los cuerpos será un misterio eterno.

Al principio intentaron mantener cierto orden, pero cuando los trabajadores de la salud comenzaron a caer, ya no había vuelta atrás. El cierre de comercios y restaurantes, vuelos y cruceros, teatros y museos que parecía temporario, terminó convirtiéndose en permanente. Después cerraron fabricas por falta de personal. Los medios de transporte dejaron de funcionar. Los trabajadores agrícolas que proveían de alimentos a las grandes ciudades, caían enfermos como moscas por la falta de medidas profilácticas. Se enfermaba uno, y por la falta de leyes laborales que los protegieran y la desesperación de seguir llevando dinero a sus familias, no dejaban de trabajar aún teniendo síntomas, contagiando a los demás. Eso determinó la gran hambruna de fin del 2020. Hordas de personas invadieron lo que quedaba de alimentos en campos y depósitos. Para cuando comenzó la violencia, los gobiernos ya estaban imposibilitados de controlar a las masas o a sus fuerzas armadas, también diezmadas por la enfermedad.

Los principales países de la época intentaron hacer un conglomerado que les permitiera mantener el control de la situación. Fue inútil. Saqueos masivos, violencia y más violencia dominaron todo. Para mediados de 2021, habían muerto tantas personas que se enterraban en fosas comunes de a miles. Muchos antiguos gobernantes y dirigentes, o personas otrora famosas, tenían mucho dinero que carecía de valor. Al igual que el resto de la gente, no podían conseguir los alimentos más básicos. El dinero no valía nada. Las mansiones estaban vacías o habitadas de cuerpos descomponiéndose.

En medio de ese panorama desolador, tomé la única decisión posible: volver al convento y permanecer aislada junto a las religiosas. Después de todo, eran autosuficientes. Tenían algunos animales de granja, huerta, panales de miel, un rio que les proveía de agua potable y energía solar. No tenía motivo real por el cual seguir viviendo, pero aparentemente lo que llaman el instinto de supervivencia es más fuerte e irracional que cualquier otro.

Nunca te he hablado de esto, querido diario, porque, como comprenderás, no me resulta agradable revivir esos terribles momentos. Ojalá el ser humano haya aprendido las lecciones que esa temible pandemia debería haber enseñado. El amor, el respeto al prójimo, el nulo valor del dinero. Realmente no sé qué es lo que los demás aprendieron. Yo aprendí a sobrevivir como un zombie sin mis seres amados.

Durante los últimos 31 años mis compañeras de encierro han ido falleciendo de viejitas. A la última me tocó enterrarla sola. Por suerte hace muchos años que habíamos cavado las tumbas entre todas, para no dejar esa tarea a las que fueran quedando vivas. Por eso te digo, mi diario compañero, que estoy al final de mi camino. Aquí sola con 92 años, ya casi no tengo fuerzas para seguir cuidando la huerta, las abejas y los animales. Mis manos deformadas por la artritis y el dolor ya no quieren más. Espero que el Dios en el cual nunca pude creer exista, y se ocupe de mí dándome la última bendición de morir mientras duermo. Por ahora, querido diario, me despido. Me has acompañado con amor, pero ya ni tu compañía necesito. Si alguien algún día te llegara a encontrar, espero que te usen para aprender algo valioso. Tendrán que decidir qué es.

Nota: este escrito es claramente ficción. Pero les ruego que ayuden a que siga siéndolo quedándose en cuarentena en sus casas.

Maravilloso articulo. Solo en inglés: https://www.wired.com/story/coronavirus-interview-larry-brilliant-smallpox-epidemiologist/?utm_source=pocket-newtab

Dear Diary. I’ve abandoned you a little. Today is July 27, 2051. The truth is that there is not so much to report about the present. I don’t have much time left to live and I have finally decided to talk about the 2020 Pandemic, a topic that I have been avoiding for 31 years. Perhaps after I’m gone, someone will find my diary and it may serve future generations.

The pandemic ended the lives of more than 50 percent of the world population at that time. Faith saved me. Not faith in God, I definitely lost that that year after seeing what happened. What saved me from dying was the search for faith. In January of the fateful 2020, I entered a convent in the middle of the jungle of the country known as Brazil at that time, for a six month spiritual retreat for in search of God. During that time I had no contact with another human being. The nuns who lived there had their own fruit and vegetable garden and prepared simple meals for me that they left twice a day in a hole in the wall. They would open the door on their side, ring a small bell, and I would open the door on my side to find the tray, and then do the opposite maneuver when I finished. The recent separation from my marriage had left me with an identity crisis and depression that determined my destiny. With my sons, 25 and 27 years old and independent, I decided to shut myself away for a few months to seek in faith the solution to my earthly anguishes. I did not know that during that time the planet would radically change. Nobody could foresee that.

My routine was monotonous. I woke up, prayed with great avidity and hope, read, ate, did some exercises in the small walled and dead-end patio that I had assigned to my room, prayed at night and went back to sleep. Sometimes I would go out to read in that patio under the shadow of a single tree and with a view of the treetops of a lush jungle full of sounds and aromas. I had no contact with the outside, not even electronically. There was an old record player in my room, a real antiquity even back then, with a few museum-worthy records, some Gregorian chants and a couple of Bach ones. So in my search for faith, I was completely absent from what was happening outside our stone walls surrounded by dense jungle vegetation. When the day of my return to civilization finally arrived, it was no longer such. The nuns had a transistor radio that they used once a week and a small antenna on the roof of the church, with which they could send and receive messages from the nearest town. So they did know, at least in part, what was happening, but decided by my express request, not to tell me anything until the end of my confinement. When I requested that they not inform me of what was happening outside, I had no idea what could happen. Neither I nor anyone else really could.

On the first day of July 2020, instead of my breakfast, they passed me a note saying that I could now leave my cloister to have breakfast with them. I confess that my mental state after six months of solitary confinement without the slightest human contact, had not improved. Instead, it had gotten worse. I was skinny, emaciated – when I finally saw myself in a mirror – I had not found the faith I was looking for, and I could no longer wait to see and hug my children again. That, I found out soon enough, would not be possible.

During my relatively short absence from the “civilized world” as we liked to call it ironically, almost fifty percent of the world population had been affected by a virus called Covid-19. Many of the first fatalities were people over the age of sixty. With a mixture of ignorance and arrogance, many of the governments of the time concealed the seriousness of the issue for critical days or weeks, causing it to spread like a wildfire. People did not have reliable information, and millions did not take the matter seriously enough at the prudent speed. As the first victims were apparently older, the younger ones continued with their usual lives, without taking enough care of themselves and without staying isolated. That was unfortunately what happened to my children. Despite the elapsed time, I write this while crying. I could never say goodbye to them. By the time I left the convent, they were both dead, infected with the virus that came like the meteorite did for the dinosaurs. Their father was infected while caring for them and did not survive either. My parents were the first to fall. My entire family had disappeared in less than six months. I would soon find out that almost many of my friends had suffered the same fate. I was able to know all that information through a technology of the time we called the Internet. A global registry of victims had been created with names, dates of birth, death and their location at their final moment. At first they tried to maintain a certain order, but when the health workers began to fall ill, there was no turning back. The closure of shops and restaurants, flights and cruises, theaters and museums that seemed temporary, ended up becoming permanent. Then factories closed due to lack of personnel. The means of transportation stopped working. The agricultural workers who provided food to the big cities fell ill like flies due to the lack of prophylactic measures. One got sick, and due to the lack of labor laws to protect them and the desperation to continue bringing money to their families, they did not stop working even with symptoms, infecting others. That determined the great famine of the end of 2020. Hordes of people invaded what was left of food in fields and warehouses. By the time the violence started, governments were already unable to control their armed forces, also decimated by the disease.

The larger countries of the time tried to build an alliance that would allow them to maintain control of the situation. It was useless. Massive looting, violence and more violence dominated everything. By mid-2021, so many people had died that they ended up burying thousands in mass graves. Many former rulers and leaders, or once famous people, had a lot of money that was worthless. Like the rest of the people, they couldn’t get the most basic food. Money was worth nothing. The mansions were empty or inhabited by decomposing bodies.

In the midst of this devastating panorama, I made the only possible decision: to return to the convent and remain isolated with the nuns. After all, they were self-sufficient. They had some farm animals, a vegetable garden, honeycombs, a river that provided them with drinking water and solar energy. I had no real reason to continue living, but apparently a person’s survival instinct is stronger and more irrational than any other one. I have never told you about this, dear diary, because, as you will understand, it is not pleasant for me to relive those terrible moments. Hopefully human beings have learned the lessons that this terrible pandemic should have taught. Love, respect for others, the null value of money. I really don’t know what the others learned. I learned to survive as a zombie without my loved ones.

In the last 31 years, my living mates have been dying of old age. The last one I had to bury alone. Luckily, many years ago we had dug the graves among all of us, so as not to leave that task to those who were left alive. That is why I tell you, my daily companion, that I am at the end of my path. Here, alone at 92 years of age, I hardly have the strength to continue taking care of the garden, bees, and animals. My hands, deformed by arthritis and pain, don’t want anymore of it. I hope that the God I could never believe in exists, and takes care of me giving me the last blessing of dying while I sleep. For now, dear dairy, I say goodbye. You have accompanied me with love, but I no longer need your company. If someone ever finds you, I hope they use you to learn something valuable. They will have to decide what that is.

PS: this writing is clearly fiction. But I beg you to help keep it that way by quarantining yourself at home.

Un Consejo

Sé que muchas veces hablo sobre la muerte y si bien no quiero deprimir a nadie es un tema muy persistente en mis escritos, ya que es la única certeza que tenemos. Indefectiblemente nos vamos a morir. ¿Qué otra cosa nos hace sentir tan seguros como es eso? ¿Me ganaré el Pulitzer? ¿Sere abuela algún día? ¿Me contagiaré el Covid-19? No es para deprimir a nadie, simplemente un tema más.

Los últimos años de la vida de mi madre vivíamos a pocas cuadras, después que ella se mudó de Argentina a Miami. Nos veíamos muy seguido y hablábamos como mínimo una vez por día. Generalmente muchísimas más. No era una cocinera gourmet pero algunos de sus platos me encantaban y hoy por supuesto los extraño muchísimo. ¿Porqué viviendo tan cerca no puedo volver a hacer “mis platos favoritos” que cocinaba mi viejita? Por la simple razón que ella cocinaba “a ojo” y cuando te daba la receta te decía: agrega papas. A mi pregunta de si eran papas grandes o pequeñas, contestaba “depende qué quieras”. O si le inquiría: ¿y cuantas papas? Su respuesta podía ser: “depende”. ¿Cuanto tiempo hay que cocinarlo: “hasta que esté listo”.

¿Como sabes que esta listo? “Te das cuenta”.

¿Cuanta sal? ¿Cuanta pimienta?  “A gusto”.

Y así.

Incluso experimentamos con mi hija y cada una le pidió la receta de la misma comida. Ella a cada una de ambas nos dio algo completamente diferente. No por maldad. Sino porque improvisaba.
Créeme que el consejo que te estoy dando hoy es más importante de lo que puede parecer. Como nadie sabe cuando le tocará en suerte abandonar este plano, si hay algo que quieres que tus hijos o tu familia tengan de ti, comunícaselo.
Es fundamental dejar por escrito o enseñarle a alguien la receta favorita que siempre te piden o contarles donde están todas las cuentas y toda la plata, o donde escondiste las joyas -si es que todavía queda alguna- porque el día que te vayas, tu familia va a pasar la mitad del tiempo llorando tu ausencia y la otra mitad insultándote porque no saben dónde dejaste las llaves de la caja fuerte o como era la receta de tus maravillosos ravioles de ricotta y espinaca.
De nada.

La Vida Tiene Muchas Vueltas

Hace muchos años me tocó trabajar en una historia difícil del pasado de mi país de origen, Argentina, para el programa de investigación Edición Plus.
Como parte de un inusual equipo de producción, por su cantidad de miembros, experiencia y profesionalismo, emprendimos la dura tarea de relatar un caso emblemático de los “años de plomo” como se conoce a la dictadura militar de 1976-1983.
Me refiero a los mellizos Reggiardo-Tolosa, en aquel momento aún en manos del asesino Samuel Miara, un oscuro sub-comisario seguramente involucrado directamente en la muerte de los padres biológicos de esos niños, a quienes robó para regalar a su esposa, como un cruel botín de guerra.
En aquel entonces, seguramente 1992, por gestión de nuestro maravilloso productor Carlos Echeverría, entrevisté a Beatriz Castillo, la “apropiadora” de los bebés recién nacidos, arrebatados a una joven madre prisionera en algún sótano húmedo, frío y oscuro, sin posibilidad de pataleo y quien pagó con su vida después de dar a luz. La imagino desesperada cuando le sacaron de su lado a sus niños y me da una congoja insoportable. A sus captores no parece haberles dado el menor remordimiento.
Creo que la premisa de la entrevista era falsa. Nuestro programa aún no había salido al aire así que en Argentina nadie me conocía o habria sido imposible, y se le dijo que era para la TV holandesa. Estos datos puede que no sean 100% certeros por mi falta de memoria.
Ella accedió, milagrosamente. Seguro creía que todas las mentiras que planeaba decirme, la ayudarían en las causas judiciales que veía en el horizonte.
Me caben pocas dudas que su esposo la controlaba a su parecer y la conminó a hacerla.
Allí estaba yo, joven pero ya experimentada en el arte de la entrevista, en el pequeño departamento de Caballito, un barrio de Buenos Aires, el cual compartía con los quinceañeros Matías y Gonzalo.
Ellos, lo cual me pareció curioso, se encontraban en la propiedad, seguramente con la intención de dar más naturalidad a la escena familiar. La tensión, sin embargo, se sentía en el ambiente.
La regla básica en este tipo de entrevistas es saber la mayor cantidad posible de información sobre el sujeto, para poder re-preguntar, rebatir y no dejar que mientan sin consecuencias. Pero en este caso, la intención no era esa. Era que ella hablara lo más posible sin contestarle nada. Que sola se explayara con su discurso preparado para atrapar a los “incautos periodistas internacionales”. No la iba a contradecir. Los datos los teníamos nosotros. Sus mentiras la dejarían en evidencia.
Durante la entrevista Castillo me mintió una y otra vez sin sonrojarse en absoluto, aunque su lenguaje corporal decía mucho más que sus palabras. Mentía y se le notaba.
El caudal de emoción reprimida que me causó estar en esa casa, frente a esa delincuente, sabiendo por lo que habían pasado esos chicos, sin poder decirles nada, sin poder abrazarlos o rescatarlos, tenía que escapar de alguna forma. Durante la conversación me comporté como una perfecta idiota que compró de buena gana las mentiras que me vendían.
Al despedirme, salí a la calle, paré un taxi, alcancé a decirle a dónde iba y no aguanté más: me largué a llorar desconsoladamente. El pobre taxista, asumo, creyó que había sido víctima de una violación porque me preguntó si quería ir a una comisaría.
Nuestra nota entera eventualmente salió al aire por Telefé, y probablemente cambió la historia personal de los mellizos ex Miara y actualmente Reggiardo-Tolosa. Nada seria igual para ellos.
Hagamos una cámara rápida al futuro.
Inventan twitter.
No se como ni de qué forma Matías, uno de los mellizos, comienza a seguirme en la red social del pajarito. No se si sabe quien soy, si me recuerda. De alguna forma me siento culpable. No los rescaté cual comando israelí cuando los tuve al tiro. Si bien aprendieron cuál es su verdadera historia, su vida quizás apacible hasta ese momento, se convierte en un infierno de mentiras, incertidumbres, violencia, amenazas, cambio de domicilio, escuela, amigos, cárcel de quien creían era su padre, conocimiento y traslado con su familia biológica que no sale bien, y miles de cosas que seguramente habrán dejado profundas heridas en la psique de esos jovencitos.
Eventualmente nos ponemos en contacto por mensaje directo.
Mensaje va, mensaje viene, terminamos encontrándonos en Miami, donde viene de vacaciones con su esposa y su bellísimo hijito de 6 años. Eso pasó hoy, un fresco 28 de febrero de 2020.
Los llevo a pasear por la zona y hablamos. Sus “apropiadores” fallecieron. Durante los últimos años no volvió a verlos y no parece importarle. Está en contacto con parte de su familia biológica. Me recuerda que en nuestras breves conversaciones por mensaje, le conté algo muy personal sobre la muerte de mi mamá. Mi mamá a quien disfruté hasta sus 91 años. Estoy hablando con un hombre de 43 años quien nunca conoció a la suya. No se si pasó minutos, horas o algunos días con María Rosa Tolosa. Sólo puedo imaginar, desde mi perspectiva de madre, que me arranquen a la fuerza a mis mellizos y me desgarra las entrañas. Escribo esto con lágrimas que corren copiosamente por mis mejillas. Y esos bebés, aun sin el raciocinio que les permitiese analizar la situación, tienen que haber llorado desesperadamente por ese pecho que no les daría la leche materna que les correspondía, por esos latidos de un corazón que no volverían a escuchar.
Este hombre de 43 años necesitaba conocerme por algo que le había comentado sobre mi mamá.
En el centro comunitario local, donde hicimos una parada técnica para ir al baño, rodeados de gente y niños correteando alrededor, a Matías Reggiardo Tolosa se le llenaron los ojos de lágrimas con mis palabras sobre su madre. Nos abrazamos y ambos entendimos que ese encuentro no era casual. Que quizás desde algún plano diferente, nuestras madres, juntas, tomadas de sus manos no físicas, nos guiaron a un encuentro que, espero fervientemente, cambiará su vida una vez más. Esta vez, para bien.

Edición Plus. Los Mellizos: https://www.youtube.com/watch?v=rXJGkoosJkk

Entrevista con Jorge Fernández Díaz

La entrevista que me hizo Jorge Fernández Díaz en su programa Pensándolo Bien de Radio Mitre hace un rato, hoy 20 de febrero de 2020.

Para escuchar, hace click en esa palabra:

2002 MONTALBAN

Contaré Al Revés (For English Scroll Down)

Hace días que me da vuelta una idea en la cabeza y la quiero escribir, pero me preocupa que no se entienda bien el concepto. O que se entienda y suene negativo. Aquí voy.

Cuando festejamos un cumpleaños, lo que estamos diciendo es: “celebremos que pasaron tantos años desde el momento en el cual salimos de la panza de nuestras madres”. O en otras palabras: “hagamos una celebración por haber vivido o sobrevivido todos estos años, sean 15, 25 o 70”.

Nunca fui buena en matemáticas pero los números me encantan para ciertas cosas. Por ejemplo para pensar en cuentas regresivas como la siguiente. ¿Cuantos años de vida me quedaran? Quién puede saberlo. Si no me pisa un camión, ni me caigo tontamente en una escalera mojada y me parto el cráneo, si no me da una enfermedad mortal, digamos que, con toda la furia, viviré unos 30 años más. De ellos, ¿cuántos serán años con “calidad de vida? Me refiero a que podré seguir caminando sin que me duela, podre levantarme sola del inodoro, podre dormir sin reflujo gástrico o problemas respiratorios, dolores artríticos y las millones de cosas que le pasan a la población en general cuando envejece.

¿Me siguen por ahora? Cada uno haga su propio cálculo obviamente.

Digamos que, de una buena calidad de vida, me quedan 20 años.

Si los últimos 20 se pasaron volando y la sensación es que el proceso se acelera cada vez más, no puedo ignorar que los próximos 20 pasarán como un tren bala japonés.

O acaso no les parece increible que, para cuando publique esto en mi blog, el primer mes del año 2020 ya se haya terminado.

Por eso quiero hacer otra cosa a partir de ahora. Mi cumpleaños es el 27 de julio. He decidido cambiar la estrategia. Voy a festejar el tiempo que me queda y no lo ya vivido. De esa forma, cuando celebre el 27 de julio de 2020, serán 30 velitas, y en el 2021 serán 29 y así sucesivamente.

Volviendo a las matemáticas.

Si cada día tiene 24 horas, cada año tiene 8.760 horas

30 años son 262.800 horas y 15.768.000 minutos. ¡Casi 16 millones de minutos! Parecen muchos, a menos que nos demos cuenta que hoy, 30 de enero, en lo que va de 2020 ya usamos 43.200 de esos minutos.

Quizás de esa forma logre tomar conciencia de lo finito de mi tiempo en esta tierra, de que cada minuto que sufro o no disfruto es un minuto desperdiciado de la cantidad total que me quedan.

Visto así es más fácil enfocarse en no desperdiciar el tiempo en nimiedades, en tristezas, en enojos con quienes queremos. Hay que tener premura para decir lo que sentimos a quienes nos rodean, hacer las cosas que nos hacen felices, incluyendo comer ese alfajor o tomar ese vino. Dedicar tiempo a nuestros seres amados, a nuestros hobbies, a nuestras mascotas. Sonreír más, aún sin razón. Tener menos la razón y dar más abrazos. Leer más libros, escuchar más música, hacer ese curso que dejamos pendiente desde siempre, porque la realidad es que la “fecha de vencimiento estimada”, puede cambiar por miles de circunstancias impredecibles. La mayoría de quienes ya no están, no lo tenían en sus agendas. Fueron sorprendidos inesperadamente y seguro que cuando quisieron darse cuenta, ya estaban en otra dimensión.

Espero no tomes este escrito con pesimismo o negatividad sino todo lo contrario, que el mismo te de más ganas de respirar profundo y disfrutar más cada uno de los minutos que te quedan.

Desde que empecé a escribir esto, tuve que descontar 60. No hay tiempo que perder.

English Version.

I’m Are Counting It The Other Way Around

I have had an idea in my head for days and I want to write it, but I am worried that the concept may not be well understood. Or that it is understood and sounds negative. Here I go.

When we celebrate a birthday, what we are saying is: “Let’s celebrate that so many years have passed since the moment we left our mothers’ bellies.” Or in other words: “Let’s make a celebration for having lived or survived all these years, whether it is 15, 25 or 70”.

I was never good at math but I love numbers for certain things. For example to think about countdowns like the following. How many years of life will I have left? Who knows? If I do not get killed by a truck, nor do I fall foolishly on a wet staircase and break my skull, or I don’t get a deadly disease, let’s say that, with a lot of optimism, I will live for 30 more years. How many of them will be years with “quality of life? I mean, I can keep walking without hurting all over, I can get up alone from the toilet, I can sleep without gastric reflux or respiratory problems, arthritic pains and the millions of things that happen to the general population as they age.

Do you follow me for now? Everyone obviously must make their own calculation.

Let’s say that, with a good quality of life, I have 20 years left.

If the last 20 years flew by and the feeling is that the process is accelerating more and more, I cannot ignore that the next 20 will pass like a Japanese bullet train.

Doesn’t it seem incredible to you that, by the time I publish this on my blog, the first month of 2020 is over?

That’s why I want to do something else from now on. My birthday is July 27th. I have decided to change the strategy. I will celebrate the time I have left instead of the one I already lived. That way, when I celebrate on July 27th, 2020, it will be 30 candles, and in 2021 it will be 29 and so on.

Going back to math.

If each day has 24 hours, each year has 8,760 hours

30 years are 262,800 hours and 15,768,000 minutes. Almost 16 million minutes! It seems like a lot, unless we realize that today, January 30st, so far in 2020 we already used 43,200 of those minutes.

Perhaps that way I can become aware of how finite my time on this earth is, that every minute I suffer or do not enjoy is a wasted minute of the total amount I have left.

Seen this way, it is easier to focus on not wasting time on trivialities, on sorrows, on anger with those we love. We must hurry up to say what we feel to those around us, do the things that make us happy, including eating that chocolate cake or drinking that wine. Spend time with our loved ones, our hobbies, and our pets. We need to smile more, even without reason. Be less right and give more hugs. Read more books, listen to more music, do that course that we have always left pending, because the reality is that the “estimated expiration date” can change due to thousands of unpredictable circumstances. Most of those who are no longer around didn’t have it on their calendars. They were unexpectedly surprised and I’m quite sure that when they realized it, they were already in another dimension.

I hope you do not take this writing with pessimism or negativity but quite the opposite; I hope it makes you feel more like breathing deeply and enjoying each one of the minutes you have left.

Since I started writing this, I had to discount 60 minutes. There is no time to waste.

 

 

De Una Argentina Emigrada

Mi padre coleccionaba frases. Miles de ellas. Había memorizado centenares, las cuales utilizaba constantemente cuando la ocasión lo ameritaba, y así, a fuego por repetición, fui aprendiéndolas. Una de ellas era “no se puede ir por el mundo educando a la gente”. De esa forma definía que quienes contrastaban con su educación, su honestidad y su exigente puntualidad, no podían ser transformados. Había que aguantarlos tal cual eran.

El culto y cultivo a la típica actitud pedante y pagada de sí mismo del porteño típico, esa que da origen a los innumerables cuentos y chistes creados a partir de la “idiosincrasia argentina”, esos que escuchamos sobre nosotros mismos en otras latitudes fuera de nuestras fronteras, el ventajita, el piola, el advenedizo, el que se las sabe todas, el que es más inteligente que los demás, el que se las arregla para romper las reglas y leyes y se sale con la suya…el Isidoro Cañones, es parte de nuestro ADN.

Les confieso que cada vez que alguien de otros países hispanoparlantes me pide confirmación sobre mi nacionalidad, mi respuesta es: “soy argentina, pero no es mi culpa”. La inmediata reacción en forma de carcajada, confirma que lo que piensan otros sobre nosotros, es eso. Los fanfarrones, soberbios argentinos.

Muchos de quienes podrán ofenderse con mis palabras y no admiten ser representados por semejante definición, necesitan volver a mirarse al espejo. Que levante la mano el compatriota que nunca pagó una coima. Tanto al agente de policía que le iba a poner una multa, o al viejo acomodador del cine que elegía mejor la butaca. O a quien te facilitó un trámite engorroso. Que levante la mano quien nunca compró dólares en el mercado negro. O que no hizo maniobras para evitar pagar impuestos. O que respeta las señales de “pare” en las esquinas. O que nunca estacionó donde dice “prohibido estacionar” o manejó más allá de la velocidad máxima permitida.

Las décadas de gobiernos populistas han reducido notablemente la proporción de quienes podrían levantar la mano en el párrafo anterior, a fuerza de mensajes demagógicos y una marcada decadencia en la educación.

Mi pareja es un norteamericano hijo de argentinos. Es abogado y se ocupa de temas de inmigración. Hace 30 años que ejerce. Tiene gran experiencia y trabaja con muchos clientes latinoamericanos. Tenemos mentalidades parecidas a otras nacionalidades. Pero el argentino supera todo. No viene a consultarlo: “viene a decirle lo que hay que hacer”. Y si puede atender sus casos gratis, seria ideal. Quieren todo, pero pagar por nada.

El resultado de las elecciones generales, demuestran que el “no tan fino” trabajo de algunas administraciones han logrado deshacer lo que el país había logrado en sus primeras décadas de creación: el orgullo de ser argentino, la cultura del trabajo, la educación pública que nos dió premios Nobel, parecen formar parte de un pasado glorioso que no tuvo la energía suficiente para llegar al presente.

El país no desapareció, y su matriz original tampoco. Habrá que ver si los antónimos de Isidoro Cañones tienen la valentía y fuerza de seguir remando en un río de dulce de leche, como dicen por allá.

No Vivimos En Tiempos Normales

Anoche asistí a un evento social que se llevaba a cabo en una sinagoga local. Estacioné mi auto junto a muchos otros, le pregunté al policía que estaba en la puerta por donde se entraba, caminé junto a otras personas hacia el lugar, entré, me registré. Había comida y me serví algo, me senté en una mesa con desconocidos y me presenté iniciando varias conversaciones interesantes. Nada de lo que dije se sale de un evento enmarcado en la mayor de las normalidades.

Sin embargo, hubo un detalle diferente. Algo que nunca me pasó antes. Cuando estacioné el auto y vi que como única medida de seguridad, había un solo policía armado frente a la institución religiosa judía, y que ni siquiera se encontraba en estado de máxima alerta, sino que estaba relajado conversando con dos personas, se me cruzaron unos pensamientos algo paranoicos. O dados los últimos hechos registrados en este país (y en otros) quizás no sea tan paranoico.

Pensé lo siguiente: si a un terrorista, llámese islámico o de la ultraderecha nazi o de donde sea, se le ocurre atacar éste templo ahora, ese policía muere antes que nadie de un tiro, sin saber que le pasó, y las próximas victimas estamos completamente indefensas. No me bajé del coche sin antes enviarles un mensaje a mi hija y a mi prometido, con la siguiente leyenda: “estoy entrando a una sinagoga. Si algo me pasara, quiero que sepan que los amo”.

Este es el mundo en el que vivimos. Salir de casa siempre es un riesgo. Como decían nuestras abuelas “te puede pisar un camión”. Pero hoy, más que nunca, ir a un centro comercial, un cine, una discoteca, una mezquita, una iglesia o una sinagoga, o simplemente pasar por la vereda de una de ellas, puede ser lo último que hagamos.

Veamos solo algunos datos de EEUU del 2019, donde la epidemia de tiroteos masivos no parece tener solución.

Según Wikipedia, hasta el 24 de septiembre del corriente año, hubo 334 tiroteos masivos, con 1.684 victimas, de las cuales 377 murieron y 1.347 resultaron heridas. Hay que considerar que de esos heridos, muchos nunca volverán a tener la vida que gozaron hasta ese momento.

¡Eso determina un promedio de 1,24 tiroteos masivos por día! ¿Soy realmente paranoica o existe una posibilidad cierta de que “algo me pase a mi o mi familia”, y no solamente a “los demás”?

Los miembros del congreso y el senado, acusados de estar en los bolsillos del lobby de las armas, como la poderosa organización nacional del rifle (NRA por sus siglas en inglés) no mueven un dedo para cambiar o prevenir estas masacres.

Lamento no terminar éste ensayo con una nota optimista como lo hago habitualmente.

Habrá que portarse bien y rezarle al dios indicado. Por el momento al menos, estamos en manos de unos cuantos locos y otros cuantos malos muy peligrosos y fuertemente armados. Los superhéroes de las películas no están disponibles para defendernos.

 

 

 

Contando Mis bendiciones

Dos pedacitos de historias de vida. De vidas ajenas, que ayudan a poner en perspectiva la mía y a contar mis bendiciones.

La primera. Isabel era una señora hondureña que venía a ayudarme a limpiar mi apartamento una vez por mes. Siempre le preparaba cosas para que se llevara. Comida, ropa, cosas para la casa. Un día me contó que con su hijo usaban platos descartables de telgopor (poliestireno expandido) porque no tenía juego en casa y esos eran baratos. Con mi feroz defensa del medio ambiente, y sabiendo que sus platos aún estarían en el planeta dentro de quinientos años, tratando de degradarse, me fui a su casa y le llevé un juego completo de platos de cerámica que había comprado para mi hija. Ella no los necesitaba.

De los platos, llegué a la conversación de los cuchillos.

-“En casa no tengo cuchillos señora Lana” Me dijo.

– “Mi marido me abusaba. Tenía tanto miedo que un día me matara, que en casa sólo teníamos cuchillos de plástico. Yo guardaba uno escondido para cocinar, pero me cuidaba de que él no lo viera”.

Con qué naturalidad y simpleza me contó una parte terrible de su pasado, del cual pudo huir físicamente. Es evidente que el temor aún lo tiene instalado en su sistema interno de supervivencia. Le regalé media docena de cuchillos. Espero que los use sólo para cortar verduras.

La otra historia tiene que ver con una conversación ajena. Estaba en un instituto haciéndome terapia física para un problema en el hombro. Es una habitación grande llena de máquinas y aparatos de rehabilitación. Los clientes compartimos el espacio. Mientras hacía uno de mis ejercicios, el paciente que estaba más cerca conversaba con la terapeuta. Ahí me enteré que ese joven de unos 35 años, había huido de Venezuela después que sus secuestradores lo liberaron, luego del pago de un rescate. Lo tuvieron cuatro días, lo torturaron, sus captores le hicieron el juego del policía bueno/policía malo, donde “cuatro decían que me querían matar y dos decían que no”. Se escapó con lo puesto hacia Estados Unidos.

La situación no daba para hacerle preguntas.

¿Habrá venido solo?

¿Su familia aún está allá?

¿Consiguió papeles en EEUU?

No podré saberlo. Lo miré de reojo y a simple y prejuiciosa vista, no tenía apariencia de ser un millonario exitoso. Simplemente un joven con una mochila pesada.

Para mí, son otras oportunidades de contar mis bendiciones. Ni más ni menos.

Foto: Manos orando de Leonardo Da Vinci

 

 

 

Somos Unos Privilegiados

En los años 90, existía en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires una “Villa Miseria” como se dió en llamar a asentamientos informales, justo detrás de la Ciudad Universitaria. Allí, escondida a plena vista, a pasos del aeropuerto metropolitano, elegantes restaurantes y lugares bailables donde se reunía (o nos reuníamos debería decir) las clases media alta y alta del país a tomar champán y bailar música importada (en esa época aún no se usaba la cumbia). Vivían en ella una enorme cantidad de personas que no contaban con sus necesidades básicas cubiertas. No había agua corriente, ni luz, ni cloacas, ni calles. Sólo barro y casillas construidas con lo que encontraban.

Esta villa tenía una característica diferente de tantas otras. La llamaban la “Villa Gay”, porque entre sus habitantes había un alto porcentaje de homosexuales, que entre otros casos eran expulsados del seno familiar, perseguidos por la policía o discriminados por su orientación sexual. No podían conseguir empleo y antes que bajo un puente, preferían vivir en ése lugar. Según crónicas de la época unas 300 personas vivían allí.

No tengo idea cómo llegué a ese lugar. Lo que sé es que una vez que lo descubrí no pude dejar de ir lo más seguido que mi apretada agenda laboral y de madre sola me permitían.

Tenía una camioneta que había importado con mi mudanza desde Nueva York (una Mitsubishi Montero para los tuercas) en la que cabían muchas cosas. Iba a Makro (el COSTCO local), compraba papel higiénico, jabón, champú, comida en latas, pañales, leche en polvo y otras cosas. Además molestaba a mis amigos y compañeros de trabajo muy seguido pidiendo que me donaran ropa usada, lo que le quedaba chico a sus hijos, lo que sea.

Los sábados en los que mi hija estaba con su papá, me acercaba a ésta población, que también contaba con muchas familias desplazadas. No había forma de entrar profundamente al asentamiento, y menos cargar las cosas, así que me aproximaba lo más posible y tocaba bocina hasta que la gente empezaba a venir hacia mi. Se llevaban algunas cosas. Nunca vi que alguien quisiera tomar más de lo debido. Al contrario, se ofrecían a cargar elementos a las casillas de los demás.

Mis compañeros del noticiero del canal 9 me decían que podía ser peligroso, que estaba loca de ir sola, y alguno me ha acompañado, como Luis Grimaldi.

Allí vi otra vez como el espíritu de una persona no puede ser aplastado por circunstancias adversas. En esa época pagaban por el reciclado de las latas de aluminio de las gaseosas. Había una pareja gay que recorría durante horas las calles porteñas, cargando enormes bolsas de plástico llenas de latitas aplastadas, que acumulaban en una especie de corral que habían construido en el “patio” de su casilla. Cuando la llenaban, de alguna forma (no recuerdo cómo) las llevaban a vender. Durante todo el día estaban ausentes de su “propiedad”, y si bien muchos otros se dedicaban a lo mismo, nadie les robaba sus latas. Había respeto y cuidado entre todos.

Una joven mamá tenía construida una improvisada muralla alrededor de su casilla. La vi entrar con un bebé en brazos. Era una chiquita, y su ropa estaba impecable. El siguiente fin de semana golpeé la lata/muralla para darle cosas de bebé que había llevado. Ella me contestó desde dentro sin abrir la puerta. No quería nada. Me dijo que no necesitaba nada. Nunca sabré si fue por miedo o por orgullo. O por otro motivo quizás. La admiré por su dignidad. Caminaban como un kilómetro, hasta llegar a la única canilla de Ciudad Universitaria que les proveía de agua para todas sus necesidades, y la tenían que cargar de vuelta. Cómo es que su bebé estaba impecable en esas condiciones nunca lo sabré.

Lo que dejo para el final es el caso de una familia. Eran del norte argentino, vivían allí hacía tiempo. Como diría el Negro Fontanarrosa, estaban mal pero acostumbrados.

Un hombre, su esposa y dos hijas. Una de unos 5 o 6 años y una bebé muy grandota. Debía pesar como 15 kilos y aún no caminaba. Seguramente ya tendría algún problema de salud. Su tamaño no era normal.

Esto es lo que me contaron. Una tarde la mujer enfermó. Con fiebre muy alta se desmayó. En ese momento el marido tenía una adulta de peso muerto, más un bebé de 15 kilos y una chiquita que no podía caminar si no era de la mano. Aquí es donde mi recuerdo me da taquicardia. En esas condiciones él tenía que decidir cómo llevar a su mujer a un hospital. ¿La cargaba a ella y dejaba a las chiquitas solas? Sin saber qué hacer, pidió ayuda pero nadie lo podía asistir. Así que comenzó a cargar a su mujer con mucho esfuerzo, como podía, la dejaba, desmayada, sobre la tierra/barro, y volvía por las chiquitas. Ya era de noche y estaban envueltos en la negra oscuridad de un sector sin alumbrado público. Nuevamente cargaba a su mujer por un tramo y regresaba por las menores. Y así hasta que llegó al asfalto, a la parada, al colectivo, al hospital. De alguna forma logró salvar a su familia. Para mi fue un milagro.

El gran premio que les tocó por semejante proeza fue que, al menos en ésa oportunidad, los cuatro siguieran vivos. No había medalla. Mientras su esposa estaba internada él no podía “salir a cirujear”, así que no ganaba ni para dar de comer a sus hijas. Y al final del trágico episodio, volvieron a su casilla sin luz, agua ni cloacas a seguir viviendo una vida miserable de privaciones. Igualmente se consideraban afortunados.

Los ayudé como pude pero obvia y lamentablemente no pude modificar sus vidas. Aunque ellos modificaron la mía. A veces cuando me parece “una tragedia” que me estoy quedando sin batería en el celular o alguna tontería similar de los “dramas” que vivimos quienes no estamos en ésas circunstancias, me acuerdo de esa familia, pienso en tantas otras con historias similares y doy gracias al universo por lo afortunada y privilegiada que soy.

Las fotos de archivo pertenecen a @pagina12 y @LaNacion respectivamente cuando los desalojaron

https://www.lanacion.com.ar/sociedad/fue-desalojada-una-villa-gay-detras-de-la-ciudad-universitaria-nid100160

 

 

Alunizaje del 21 de Julio de 1969. ¿Fue Un Cuento Chino?

(For English scroll down)

Se cumplieron cincuenta años del alunizaje de dos astronautas norteamericanos,  Neil Armstrong and Buzz Aldrin mientras un tercero, Michael Collins orbitaba alrededor del satélite terrestre y se ocupaba de poner todo en marcha para que sus compañeros pudieran abandonar esa superficie inhóspita y regresar al Planeta Tierra.

Increíblemente existen aún muchas teorías conspirativas que niegan que ese hecho histórico sea cierto. Las razones son religiosas en algunos casos, en otros simple ignorancia y otras que ni vale la pena explorar.

Es cierto que los “yankees” tienen mucha imaginación. Después de todo crearon Hollywood, la meca del cine, imitada por tantos otros países.

¿Pero no es una locura pensar que más de cuatrocientos mil humanos de distintas nacionalidades, trabajaron en un proyecto secreto para engañar al resto del planeta con una historia apócrifa, y que cincuenta años después ninguno de ellos ha salido a decir la verdad, ni siquiera en su lecho de muerte? Sería demasiado. Al menos en mi opinión.

Les voy a contar algunas razones, aparte de ésa, por las cuales el alunizaje fue un hecho histórico y no un cuento chino.

En total, doce hombres han pisado la superficie lunar. Y si ven los intentos fracasados anteriores al exitoso, es francamente inimaginable que hayan encontrado hombres profesionales, preparados e inteligentes que hayan aceptado esas misiones que parecían estar mucho más cercanas al sacrificio humano que a una exitosa carrera como astronauta.

¿Porque puedo aseverar que no fue todo un fraude? Porque además de la consabida bandera, que plantaron en la superficie en forma de “L” invertida para que siempre este flameando (*), también dejaron otros objetos de manufactura humana allí.

No sólo equipo descartado que no podían volver a llevarse, sino aparatos que han sido usados desde entonces, como el espejo de aterrizaje de Apolo (el Lunar Laser Ranging en inglés). Este mide la distancia entre las superficies de la Tierra y la Luna utilizando rayos láser. Los láseres en los observatorios de la Tierra apuntan a los retro-reflectores colocados en la Luna durante el programa Apolo y las dos misiones Lunokhod.

Cuando cualquier observatorio de la tierra coloca sus poderosos telescopios en la dirección correcta, pueden ver este objeto hecho por el hombre. Es innegable que allí está y no hay otra forma que una visita personal humana para haberlos colocado allí.

Si ni los rusos, los chinos o los indios han salido a desmentir este hecho, podemos quedarnos tranquilos sabiendo que es cierto. Esos países nunca conspirarían para apoyar a sus rivales históricos.

El presidente John F. Kennedy fue quien le dijo a su gente “tenemos que ganarles a los rusos como sea. Tenemos que aterrizar en la luna antes que ellos”. Los rusos habrían salido a desmentirlo de inmediato si no fuese cierto. Se jugaban con ello la supremacía del planeta.

Otro hecho que no es tan conocido es qué pasó con los primeros tres astronautas, los del Apolo 11.

Neil Armstrong, el primer humano en pisar la luna, era Ingeniero aeronáutico, aviador naval, piloto de pruebas y profesor universitario.

Buzz Aldrin Ingeniero y piloto de combate.

Mientras que Michael Collins era piloto de pruebas y general mayor de las Reservas de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos

Tanta preparación profesional no los alcanzó en absoluto para lo que les pasó a su regreso a tierra. Se convirtieron de inmediato (después del período de cuarentena) en celebridades a nivel planetario. Nadie había advertido que eso podría pasar. De hecho las apuestas apuntaban a que no regresarían con vida. Sin ir más lejos el presidente Richard Nixon tenía preparado un discurso de condolencia en el caso de que Armstrong y Aldrin quedaran aislados en la superficie de la Luna sin poder ser rescatados.

Esa fama involuntaria los afectó grandemente.

Aldrin dijo que no podía manejar su fama de estrella de cine y después de su regreso luchó contra la depresión y la adicción al alcohol. En la década de 1970, sufrió dos divorcios, perdió su fortuna y terminó trabajando en un concesionario de Cadillac en Beverly Hills. Finalmente se amigó hace pocos años con su estatus de celebridad y participó en shows como The Big Bang Theory y Dancing With the Stars. Hoy está muy presente en las noticias.

Armstrong por su parte sólo asistió a las celebraciones por el 30 aniversario presionado por NASA. Nunca le gustó su fama. Se retiró de la NASA un año después del Apolo 11 y se convirtió en profesor en la Universidad de Cincinnati. Su matrimonio se vino abajo después que se jubiló luego de la muerte de su hija, según su biógrafo. Ni siquiera le gustaba hablar de su paso por la NASA, e incluso se puso furioso cuando un peluquero guardó hebras de su cabello para venderlas por miles de dólares, según informó The Telegraph. Armstrong murió en 2012 a los 82 años.

Michael Collins, sin embargo, sobrevivió no sólo al Apolo 11, sino a la fama, ya que no fue tan conocido como sus dos compañeros. Su matrimonio se mantuvo intacto y trabajó en varios puestos de alto nivel. El realmente no llegó a tocar la luna, pero eso pareció no molestarle en absoluto según aseguró recientemente.

Los científicos creen que las seis banderas estadounidenses plantadas por los astronautas se han blanqueado tras más de 40 años de exposición a la radiación solar.Ellos afirman que cinco de las seis banderas estadounidenses aún están de pie y proyectando sombras en todos los sitios, excepto la del Apolo 11.(*)El astronauta Buzz Aldrin informó que la bandera fue derribada por el escape del motor de ascenso durante el despegue de Apolo hacia fuera de la atmósfera lunar.

Esta nota se la quiero dedicar a uno de los héroes de la exploración espacial, principalmente porque fue a una misión suicida en forma involuntaria.

La nave soviética Sputnik 2, llevaba en su interior a una perrita callejera recogida de las calles de Moscú. La llamaron Kudryavka pero como ladró, más tarde se hizo conocida como Laika, “ladrador” en ruso. Originalmente los rusos mintieron en los informes y dijeron que la perrita, lanzada en un viaje de ida sola en noviembre de 1957, murió sin dolor en órbita aproximadamente una semana después del despegue. Recién en 1993 el médico ruso y entrenador de perros espaciales Oleg Gazenko reveló que después de cinco a siete horas de vuelo, no se recibieron señales de vida de Laika. Para la cuarta órbita, era evidente que Laika había muerto por sobrecalentamiento y estrés. Los ruidos y las presiones del vuelo aterrorizaron a la pobre cachorra: el latido de su corazón se disparó para triplicar la frecuencia normal, y su ritmo de respiración se cuadruplicó. Lo saben porque la habían intervenido quirúrgicamente y le habían insertado medidores en su cuerpo. Llegó a la órbita con vida, rodeando la Tierra en unos 103 minutos. Desafortunadamente, la pérdida del escudo térmico hizo que la temperatura en la cápsula aumentara inesperadamente, afectando fatalmente a Laika. “La temperatura dentro de la nave espacial después de la cuarta órbita registró más de 90 grados centígrados. “Realmente no puede haber llegado más allá de una órbita o dos después de eso. Con su pasajera muerta a bordo, Sputnik 2 continuó en órbita durante cinco meses.El “ataúd” de Laika rodeó la Tierra 2.570 veces y se quemó en la atmósfera de la Tierra el 4 de abril de 1958.

Pero para no terminar en una nota triste, los dejo con un enlace que muestra en un video de 2002, como Buzz Aldrin, uno de los pioneros en pisar la luna y quien hoy tiene 89 años, es confrontado en la calle por un negador del alunizaje. El personaje le dice agresivamente que es un mentiroso y un fraude y lo conmina a “jurar sobre una biblia que todo había sido cierto”. Van y vienen, van y vienen, hasta que el ex astronauta, dá por terminada la discusión de una certera (y bien merecida) trompada. Tenía 72 años y no fue acusado porque la justicia consideró que fue en legítima defensa.

https://www.youtube.com/watch?v=d-FxgdQGLjw

Moon landing on July 21, 1969. Was it a Hoax?

It’s been fifty years since the landing on the moon of two American astronauts, Neil Armstrong and Buzz Aldrin. A third one, Michael Collins, orbited around the Earth’s satellite while making sure that everything was in place so that his teammates could leave that inhospitable surface and return to Planet Earth.

Incredibly, there are still many conspiracy theories that deny that this historical fact is true. The reasons are religious in some cases, in other cases simple ignorance, and yet in others it’s not worth exploring. It is true that the “gringos” have a lot of imagination. After all, they created Hollywood; the mecca of cinema, imitated by so many other countries.

But isn’t it crazy to think that more than four hundred thousand humans of different nationalities worked on a secret project to deceive the rest of the planet with an apocryphal story, and that fifty years later none of them has come out to tell the truth, not even in their deathbed? You must admit that it is “a little bit far fetched”. At least in my opinion.

I am going to tell you some reasons, apart from these, why the moon landing was an historical fact and not a hoax.

In total, twelve men have stepped on the lunar surface. And if you see the failed attempts before the successful one, it is frankly unimaginable that NASA found professional, well prepared and intelligent men who would have accepted those missions that seemed to be much closer to human sacrifice than to a successful career as an astronaut.

Why can I claim that it was not all a fraud? Because in addition to the familiar flag they planted on the surface in the form of an inverted “L” so that it is always waving, they also left other objects of human manufacture there. Not only discarded equipment that could not be taken back, but devices that have been used since then, such as the Lunar Laser Ranging. This measures the distance between the surfaces of the Earth and the Moon using laser beams. Lasers on Earth observatories point to the retro-reflectors placed on the Moon during the Apollo program and the two Lunokhod missions.

When any earth observatory places its powerful telescopes in the right direction, they can see this man-made object. It is undeniable that the objects are there and there is no other way than a human has placed them there. You can be sure that if neither the Russians, the Chinese or the Indians have come out to deny this fact, we can rest easy knowing that the moon landing is true. They would never conspire to support their historical rivals.

President John F. Kennedy was the one who told his people “we have to beat the Russians. We have to land on the moon before them.” The Russians would have come out to deny it immediately if it were not true. The supremacy of the planet was at stake.

Another not so well-known fact is what happened to the first two astronauts who stepped on the moon and their teammate.

Neil Armstrong, the first human to step on the moon was an aeronautical engineer, naval aviator, test pilot and university professor.

Buzz Aldrin was an Engineer and combat pilot. Michael Collins was a test pilot and senior general of the United States Air Force Reserves.

They had so much professional preparation, but nothing prepared them at all for what happened upon their return to Mother Earth.

After the required quarantine period, they became instant celebrities at a planetary level. No one had warned them that this could happen. In fact, the bets indicated that they would not return alive. Without going any further, President Richard Nixon had prepared a sympathy speech in the case that Armstrong and Aldrin were isolated on the surface of the Moon and unable to be rescued. That involuntary fame affected them greatly.

Aldrin said he could not handle his movie star fame and after his return he fought against depression and alcohol addiction. In the 1970s, he suffered two divorces, lost his fortune and ended up working at a Cadillac dealership in Beverly Hills. Finally, a few years ago he made friends with his celebrity status and participated in shows like The Big Bang Theory and Dancing With the Stars.

Armstrong, for his part, only attended the celebrations for the 30th anniversary at the insistence of NASA. He never liked his fame. He retired from NASA a year after Apollo 11 and became a professor at the University of Cincinnati. His marriage fell apart after he retired after the death of his daughter, according to his biographer. He didn’t even like to talk about his time at NASA, and he even got furious when a hairdresser saved strands of his hair to sell them for thousands of dollars, according to The Telegraph. Armstrong died in 2012 at age 82.

Michael Collins, however, survived not only Apollo 11, but fame as he was not as well-known as his two companions. His marriage remained intact and worked in several high-level positions. He didn’t really touch the moon, but that didn’t seem to bother him at all as he recently said.

Scientists believe that the six American flags planted by astronauts have bleached after more than 40 years of exposure to solar radiation. Using LROC images, scientists claim that five of the six American flags are still standing, except that of Apollo 11 Astronaut Buzz Aldrin reported that the flag was blown down by the escape engine’s blast during the takeoff of Apollo out of the lunar atmosphere.

I would like to dedicate this essay to one of the heroes of space exploration, mainly because she went on an involuntary suicide mission.

The Soviet ship Sputnik 2 carried inside a street dog collected from the streets of Moscow. They called her Kudryavka but as she barked, she later became known as Laika, “barker” in Russian.

The Russians originally lied in the reports and said that the animal, launched on a one-way trip in November 1957, died painlessly in orbit about a week after takeoff.

Only in 1993 the Russian doctor and space dog trainer Oleg Gazenko revealed that after five to seven hours of flight, no signs of life were received from Laika. By the fourth orbit, it was evident that Laika had died from overheating and stress. The sounds and pressures of the flight terrified the poor puppy: her heartbeat shot up to triple the normal frequency, and her breathing rate quadrupled. They know this because she had surgery and had all kinds of devices inserted in her body. She reached orbit alive, circling the Earth in about 103 minutes. Unfortunately, the loss of the heat shield caused the temperature in the capsule to rise unexpectedly, affecting Laika. “The temperature inside the spacecraft after the fourth orbit registered more than 90 degrees Celsius” It really can’t have reached beyond an orbit or two after that. With its dead passenger on board, Sputnik 2 continued in orbit for five months.

Laika’s “coffin” surrounded the Earth 2,570 times and burned in the Earth’s atmosphere on April 4, 1958.

Not to end on a sad note, I leave you with a link. It shows a 2002 video, as Buzz Aldrin one of the pioneers in stepping on the moon and who is now 89 years old, is confronted on the street by a denier of the moon landing. The aggressive man tells him that he is a liar and a fraud and urges him to “swear on a bible that everything had been true.”

The exchange lasts for a couple of minutes, until the former astronaut, ends the discussion with a precise (and well deserved) punch to the face. He was 72. He was not charged because it was considered legitimate self defense by the judge.