Porqué Terminé Trabajando en la TV

Tenía dulces 16 años. Mi hermano 18. Estábamos en el comedor diario de nuestra casa familiar de Adrogué. Era una tardecita de invierno, la estufa y el televisor encendidos.

Mi hermano y yo comíamos apaciblemente barquillos, cuidadosamente untados con dulce de leche.

Mi padre Adelino, era hombre de pocas palabras. Al menos con sus hijos.

Entró al comedor y nos preguntó si habíamos hecho la tarea. Ambos contestamos (o seguramente mascuyamos) algo similar a “ya la haremos”.

Un rato después, regresó y repitió la escena anterior. Esta vez le dijimos algo como “en seguida”. O algo así.

Cabe aclarar que la TV de entonces no era una pantalla plana inteligente con control remoto, sino una caja gigantesca de madera que en su interior contenía una pantalla. Contábamos con la enorme cantidad de 3 o 5 canales que había que cambiar levantándose y dando vuelta la perilla en el mismo aparato. La misma hacía un ruidoso “clank, clank” con cada movimiento. Era enorme y pesada.

La tercera vez que mi viejo entró, no dijo nada. Apagó la tele, desenchufó la misma, la levantó cual Sansón, se la llevó a su auto…y nunca más la vimos.

Como a los 18 me fui de viaje, no volví hasta los 20 y recién a los 22 me pude comprar mi propia TV (*) fueron 6 años de no ver tele en Argentina. Puedo asegurar que en muchas conversaciones de esos años, me sentí más desorientada que piojo en peluca(1). Miles de referencias, conversaciones, frases y temas tienen que ver con lo que la gente ve en la “caja boba”. Para mi era como si hablaran en otro idioma.

Debo decir que muchos años después, cuando mi padre estaba transitando el final de su vida, ya postrado, tuvimos una charla sobre ese episodio. Entre risas, le dije que era culpa de ese momento y suya, que al final, su esfuerzo de mantenerme alejada de la tele hizo que terminara trabajando en la televisión. Parece que todo fue una cuestión de rebeldía.

 

 

(*) Un aparato de segunda mano cuya pantalla deformaba la imagen y hacía que todos sus personajes salieran más altos y delgados que lo que eran. Me encantaba el teniente de la serie “Combate” hasta que lo vi en una televisión normal, y me pareció regordete.

(1) Esta frase la inventé alrededor de la misma época de ésta anécdota y la vengo repitiendo desde entonces, usándola en lugar del consabido “más desorientado que turco en la neblina”. Después de tantas décadas, al fin la he escuchado por otro lado, así que aparentemente se popularizó.

 

Adictos al Conflicto

Angry twenty something couple yelling at each other

Hay un viejo chiste que me encanta.

Se encuentran dos personas y una le pregunta a la otra: ¿cual es tu fórmula para la felicidad?

El segundo contesta: “nunca discuto”.

El primero retruca: “¡cómo! ¡Eso es imposible!”

A lo que el segundo dice: “Tienes razón. No será eso entonces”.

Ojalá pudiese usar la sabiduría de ese cuentito más seguido. Hay muchas personas que hacen exactamente lo contrario. Son como seguidores de la secta de “Adoración del Conflicto”.

Todos hemos conocido alguna pareja que permanece junta a pesar de constantemente verse involucrada en peleas, conflictos y hasta agresiones muy desagradables e incómodas de presenciar.

Claro que “se necesitan dos para bailar el tango”. Tiene que haber una voluntad de ambas partes para que exista un conflicto. Alguien lo inicia, pero si la otra persona no logra o intenta al menos cortarlo desde la raíz, irá escalando. No hablo de ninguna forma de una relación abusiva, en la cual un hombre, por ejemplo, llega a su casa, inventa una historia supuesta basada en sus dudas o inseguridad o enfermedad de celos y ataca a una mujer indefensa. No. Hablo de parejas o personas que pueden ser hermanos o madre e hija o hijo, quienes siempre tienen una razón para enfrentarse. Quizás un compañero de trabajo o hasta alguien a quien sólo conocemos a través de las redes sociales y que jamás tiene algo positivo para decir…aunque siempre tiene una opinión.

Así como hay adictos al alcohol o al cigarrillo, hay adictos al conflicto. No pueden vivir sin él y muchas veces (por no decir casi siempre) culpan a la otra persona por el origen o por la acción de la pelea.

La única solución para ese tipo de relaciones, si es que quien me lee intenta salir de una de ellas…es la separación. Uno puede tratarse, ir al sicólogo o siquiatra, tratar de hacer todo lo posible para calmar a la otra persona, pero como en toda adicción, nada cambiará hasta que el adicto decida hacer algo para modificar su conducta.

Conocí un hombre (ex amigo) a quien confrontar le daba una satisfacción personal, una especie de sensación de batalla ganada y de poder. Y hasta he tenido más de una relación personal con ésas características. Puede ser una trampa muy difícil de dejar. Pero se puede. Y de todo se aprende. En mi caso aprendí qué es lo que quiero en mi vida, y más importante aún, qué es lo que no quiero.

“Nunca te olvides de sonreír, porque el día que no sonrías, será un día perdido”. Charlie Chaplin