Carta Abierta A Mi Familia De Twitteros

Queridos amigos twitteros,

Quizás algunos sepan más de mí que otros. Para estos últimos, cuento que llevo varias décadas en esta pasión llamada periodismo. Escribo desde muy chica. Mi primera publicación en un diario local de mi Adrogué nativo me encontró con sólo 13 años.

He tenido múltiples comunicaciones con “mi” público a lo largo de los años. En la mayoría de los casos ha sido muy reconfortante para mi. Otras veces no tanto. Y cómico también. Como cuando un compañero de tareas trajo a su hijita al canal donde trabajaba y le dice a la niña: “esta es Lana, la que sale en la tele”, a lo que la pequeña contestó “es más linda por TV”. Jajaja!

O aquella vez en WNJU de Telemundo. Un hombre -supuestamente un admirador- me escribía cartas a mano todas las semanas (pre-internet), algunas de ellas conteniendo pequeñas piedras que –según él- provenían de “su planeta, Alfa Centauri”. Un día, como la recepcionista se negó a pasarle la llamada número 25 a mi interno, colgó el teléfono con la amenaza de “entonces voy para el canal”. Hubo que llamar a la policía, aunque no pasó a mayores.

La comunicación hoy es tan diferente. Leo lo que me escriben, y casi puedo adivinar características personales, el sentido del humor, la ironía, la cultura o la falta de ella. Es tan directo. No me refiero a los detractores: a quienes no conocen otra forma de comunicación que el insulto, los bloqueo sin miramientos.

Veo sus perfiles, muchos de los cuales lejos de mostrar quienes son, llevan fotos de sus perros o de celebridades importadas o personajes de historieta, con nombres o seudónimos que no me dejan claro si son hombre, mujer, joven, no tan joven, etc. Aunque revelan equipos favoritos, orgullo de padres, lugar de residencia. Detalles que disfruto.

Y si bien son todos argentinos (a Uds. va dirigida esta nota), están en Chivilicoy, Calafate, en Italia, Canadá o en Buenos Aires. En Alemania o Menchogue, Mar del Plata, La Plata, Bahía Blanca, Mendoza y más.

Tenemos muchas más cosas en común que las que nos separan, más allá de ser argentinos. Queremos un país mejor. Hemos visto lo que gente mala es capaz de hacer y cómo por décadas han manipulado mentes maleables para que los sigan como autómatas. No queremos eso. Ni para nuestros hijos ni para los hijos de los demás.

Soñamos con un futuro mejor para todos, en el verdadero sentido de la tan vapuleada palabra socialismo.

Cuando escribí esas pocas palabras que explicaban que mi futuro cercano me tendrá un poco alejada de las redes sociales, por un nuevo proyecto laboral (*), repentinamente me inundaron de tantos mensajes calurosos y amorosos, deseándome suerte y progreso, expresando una necesidad de que “no los abandone” que me conmovieron hasta las fibras más íntimas. De verdad.

Hasta fantaseé con decir “si sale elegido MM viajo a Baires y voy a organizar una reunión masiva para conocernos”. Claro que eso se choca con la realidad de que cada uno está en otra parte; que no tengo los medios para organizar una ‘reunioncita’ de miles de personas, y que probablemente mi posibilidad de viajar cuando recién empiezo en un nuevo trabajo será muy limitada. Pero si, fue una fantasía que me dió una caricia cálida en el corazón.

¿Y si ganan los malos? No. No puedo pensar así.

Ante esa alternativa recordé un programa de acá. Una comediante (Sarah Silverman) quien es anti Trump, hizo un programa llamado “I love you America” donde se relaciona con gente que piensa y cree todo lo opuesto a ella. Se mete en sus casas y hablan, intercambian ideas. Solo ví uno de los programas, pero me sorprendió. Cuando Sarah llega, la reciben fríamente, con recelo, casi con odio (la grieta no es exclusiva de Argentina). Y luego de la charla en la que tocan muchos temas e “intentan entenderse”, la tensión afloja. Ninguno cambia de “lado”, pero al menos se miran más humanamente, con paciencia y comprensión de ambos lados, terminan despidiéndose con abrazos y sonrisas relajadas.

Creo fervientemente que la confrontación no cambiará la mentalidad de nadie. Quizás haya otro camino. Si conoces a alguien que está en la vereda opuesta, por ahí lo mejor que podes hacer es juntar información e invitarlo/a para tomar un mate o un café, y tratar de explicarle tu punto de vista a la vez que preguntarle por el suyo. Quizás no logres mucho o simplemente deje de verte como el enemigo. Quizás lo que digo es de una inocencia utópica que no condice con mi madurez. Pero no queda otra. Está en juego la República, el futuro de todos los argentinos, y no hay otra opción que tomar la sartén por el mango e intentar hacer algo.

Como ya dije, muchos de vuestros tweets me estrujaron el corazón con mensajes de “no nos dejes”, como si mis palabras hicieran alguna diferencia. Solo soy una piba de Adrogué que decidió hacerse hippie y viajar por el mundo a los 18. Y cuando volvió 2 años después a los 20, sintió que ya no era de allá, ni de acá, ni de ninguna parte. Por eso tengo mi hogar donde están mis afectos. Huérfana de madre y padre, no puedo alejarme ni de mi hija que se quedará en este país, ni de mi pareja, quien nació y creció aquí.

No se sientan solos, ni huérfanos, ni impotentes. Está en sus manos luchar por lo que creen.

No desapareceré. Así sea en mi hora de almuerzo o antes de irme a dormir, seguiré apoyando ese ejército anónimo de gente que quiere lo mejor para sí y para los demás.

No soy “la de la tele”. Soy una persona como todos ustedes. He tenido mis dramas y dolores personales, mis pérdidas afectivas y económicas. Mi vida y la de mi familia han sido amenazadas. He llorado y he crecido. También he sido muy feliz. No soy más ni menos que ninguno de ustedes.

Los admiro porque viven una realidad muy dura e igualmente siguen adelante. Aquí estoy queridos twitteros. Gracias. No me iré a ninguna parte.

(*) Lo anunciaré en cuanto pueda. No es frente a cámaras.

Comments

  1. Buenas tarde, Lana
    Soy lector primerizo de sus escritos: me encantan!
    Mis saludos

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