De Una Argentina Emigrada

Mi padre coleccionaba frases. Miles de ellas. Había memorizado centenares, las cuales utilizaba constantemente cuando la ocasión lo ameritaba, y así, a fuego por repetición, fui aprendiéndolas. Una de ellas era “no se puede ir por el mundo educando a la gente”. De esa forma definía que quienes contrastaban con su educación, su honestidad y su exigente puntualidad, no podían ser transformados. Había que aguantarlos tal cual eran.

El culto y cultivo a la típica actitud pedante y pagada de sí mismo del porteño típico, esa que da origen a los innumerables cuentos y chistes creados a partir de la “idiosincrasia argentina”, esos que escuchamos sobre nosotros mismos en otras latitudes fuera de nuestras fronteras, el ventajita, el piola, el advenedizo, el que se las sabe todas, el que es más inteligente que los demás, el que se las arregla para romper las reglas y leyes y se sale con la suya…el Isidoro Cañones, es parte de nuestro ADN.

Les confieso que cada vez que alguien de otros países hispanoparlantes me pide confirmación sobre mi nacionalidad, mi respuesta es: “soy argentina, pero no es mi culpa”. La inmediata reacción en forma de carcajada, confirma que lo que piensan otros sobre nosotros, es eso. Los fanfarrones, soberbios argentinos.

Muchos de quienes podrán ofenderse con mis palabras y no admiten ser representados por semejante definición, necesitan volver a mirarse al espejo. Que levante la mano el compatriota que nunca pagó una coima. Tanto al agente de policía que le iba a poner una multa, o al viejo acomodador del cine que elegía mejor la butaca. O a quien te facilitó un trámite engorroso. Que levante la mano quien nunca compró dólares en el mercado negro. O que no hizo maniobras para evitar pagar impuestos. O que respeta las señales de “pare” en las esquinas. O que nunca estacionó donde dice “prohibido estacionar” o manejó más allá de la velocidad máxima permitida.

Las décadas de gobiernos populistas han reducido notablemente la proporción de quienes podrían levantar la mano en el párrafo anterior, a fuerza de mensajes demagógicos y una marcada decadencia en la educación.

Mi pareja es un norteamericano hijo de argentinos. Es abogado y se ocupa de temas de inmigración. Hace 30 años que ejerce. Tiene gran experiencia y trabaja con muchos clientes latinoamericanos. Tenemos mentalidades parecidas a otras nacionalidades. Pero el argentino supera todo. No viene a consultarlo: “viene a decirle lo que hay que hacer”. Y si puede atender sus casos gratis, seria ideal. Quieren todo, pero pagar por nada.

El resultado de las elecciones generales, demuestran que el “no tan fino” trabajo de algunas administraciones han logrado deshacer lo que el país había logrado en sus primeras décadas de creación: el orgullo de ser argentino, la cultura del trabajo, la educación pública que nos dió premios Nobel, parecen formar parte de un pasado glorioso que no tuvo la energía suficiente para llegar al presente.

El país no desapareció, y su matriz original tampoco. Habrá que ver si los antónimos de Isidoro Cañones tienen la valentía y fuerza de seguir remando en un río de dulce de leche, como dicen por allá.

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