Entrevista en Radio Actualidad de Miami

LanaTalk2020 con Patricia Bullrich

Alguien Miente. Los Nuevos Desaparecidos de la Argentina. Parte II

Hable con la nuera de una mujer fallecida de Covid 19, contagiada en el hospital donde fue internada por otro problema. No figura en ninguna lista de muertos de Covid 19. Ni nacional, ni provincial. Disculpas porque me he convertido en camarógrafa, sonidista, iluminadora y editora sin ser ninguna de esas cosas. La investigación fue realizada con un equipo que prefiere mantener el anonimato. Gracias por compartirlo.

Alguien Miente: Los Nuevos Desaparecidos de La Argentina. Covid 19

Una investigación  deja en claro mediante varios ejemplos, que el conteo de contagiados y víctimas fatales en Argentina, no coincide con las cifras oficiales. El pedido es simple: queremos saber la verdad.

Entrevista con Rosario “Peponila” Agostini. Martes 14 de abril, 2020

Ella es una periodista independiente y valiente.

La Vida Tiene Muchas Vueltas

Hace muchos años me tocó trabajar en una historia difícil del pasado de mi país de origen, Argentina, para el programa de investigación Edición Plus.
Como parte de un inusual equipo de producción, por su cantidad de miembros, experiencia y profesionalismo, emprendimos la dura tarea de relatar un caso emblemático de los “años de plomo” como se conoce a la dictadura militar de 1976-1983.
Me refiero a los mellizos Reggiardo-Tolosa, en aquel momento aún en manos del asesino Samuel Miara, un oscuro sub-comisario seguramente involucrado directamente en la muerte de los padres biológicos de esos niños, a quienes robó para regalar a su esposa, como un cruel botín de guerra.
En aquel entonces, seguramente 1992, por gestión de nuestro maravilloso productor Carlos Echeverría, entrevisté a Beatriz Castillo, la “apropiadora” de los bebés recién nacidos, arrebatados a una joven madre prisionera en algún sótano húmedo, frío y oscuro, sin posibilidad de pataleo y quien pagó con su vida después de dar a luz. La imagino desesperada cuando le sacaron de su lado a sus niños y me da una congoja insoportable. A sus captores no parece haberles dado el menor remordimiento.
Creo que la premisa de la entrevista era falsa. Nuestro programa aún no había salido al aire así que en Argentina nadie me conocía o habria sido imposible, y se le dijo que era para la TV holandesa. Estos datos puede que no sean 100% certeros por mi falta de memoria.
Ella accedió, milagrosamente. Seguro creía que todas las mentiras que planeaba decirme, la ayudarían en las causas judiciales que veía en el horizonte.
Me caben pocas dudas que su esposo la controlaba a su parecer y la conminó a hacerla.
Allí estaba yo, joven pero ya experimentada en el arte de la entrevista, en el pequeño departamento de Caballito, un barrio de Buenos Aires, el cual compartía con los quinceañeros Matías y Gonzalo.
Ellos, lo cual me pareció curioso, se encontraban en la propiedad, seguramente con la intención de dar más naturalidad a la escena familiar. La tensión, sin embargo, se sentía en el ambiente.
La regla básica en este tipo de entrevistas es saber la mayor cantidad posible de información sobre el sujeto, para poder re-preguntar, rebatir y no dejar que mientan sin consecuencias. Pero en este caso, la intención no era esa. Era que ella hablara lo más posible sin contestarle nada. Que sola se explayara con su discurso preparado para atrapar a los “incautos periodistas internacionales”. No la iba a contradecir. Los datos los teníamos nosotros. Sus mentiras la dejarían en evidencia.
Durante la entrevista Castillo me mintió una y otra vez sin sonrojarse en absoluto, aunque su lenguaje corporal decía mucho más que sus palabras. Mentía y se le notaba.
El caudal de emoción reprimida que me causó estar en esa casa, frente a esa delincuente, sabiendo por lo que habían pasado esos chicos, sin poder decirles nada, sin poder abrazarlos o rescatarlos, tenía que escapar de alguna forma. Durante la conversación me comporté como una perfecta idiota que compró de buena gana las mentiras que me vendían.
Al despedirme, salí a la calle, paré un taxi, alcancé a decirle a dónde iba y no aguanté más: me largué a llorar desconsoladamente. El pobre taxista, asumo, creyó que había sido víctima de una violación porque me preguntó si quería ir a una comisaría.
Nuestra nota entera eventualmente salió al aire por Telefé, y probablemente cambió la historia personal de los mellizos ex Miara y actualmente Reggiardo-Tolosa. Nada seria igual para ellos.
Hagamos una cámara rápida al futuro.
Inventan twitter.
No se como ni de qué forma Matías, uno de los mellizos, comienza a seguirme en la red social del pajarito. No se si sabe quien soy, si me recuerda. De alguna forma me siento culpable. No los rescaté cual comando israelí cuando los tuve al tiro. Si bien aprendieron cuál es su verdadera historia, su vida quizás apacible hasta ese momento, se convierte en un infierno de mentiras, incertidumbres, violencia, amenazas, cambio de domicilio, escuela, amigos, cárcel de quien creían era su padre, conocimiento y traslado con su familia biológica que no sale bien, y miles de cosas que seguramente habrán dejado profundas heridas en la psique de esos jovencitos.
Eventualmente nos ponemos en contacto por mensaje directo.
Mensaje va, mensaje viene, terminamos encontrándonos en Miami, donde viene de vacaciones con su esposa y su bellísimo hijito de 6 años. Eso pasó hoy, un fresco 28 de febrero de 2020.
Los llevo a pasear por la zona y hablamos. Sus “apropiadores” fallecieron. Durante los últimos años no volvió a verlos y no parece importarle. Está en contacto con parte de su familia biológica. Me recuerda que en nuestras breves conversaciones por mensaje, le conté algo muy personal sobre la muerte de mi mamá. Mi mamá a quien disfruté hasta sus 91 años. Estoy hablando con un hombre de 43 años quien nunca conoció a la suya. No se si pasó minutos, horas o algunos días con María Rosa Tolosa. Sólo puedo imaginar, desde mi perspectiva de madre, que me arranquen a la fuerza a mis mellizos y me desgarra las entrañas. Escribo esto con lágrimas que corren copiosamente por mis mejillas. Y esos bebés, aun sin el raciocinio que les permitiese analizar la situación, tienen que haber llorado desesperadamente por ese pecho que no les daría la leche materna que les correspondía, por esos latidos de un corazón que no volverían a escuchar.
Este hombre de 43 años necesitaba conocerme por algo que le había comentado sobre mi mamá.
En el centro comunitario local, donde hicimos una parada técnica para ir al baño, rodeados de gente y niños correteando alrededor, a Matías Reggiardo Tolosa se le llenaron los ojos de lágrimas con mis palabras sobre su madre. Nos abrazamos y ambos entendimos que ese encuentro no era casual. Que quizás desde algún plano diferente, nuestras madres, juntas, tomadas de sus manos no físicas, nos guiaron a un encuentro que, espero fervientemente, cambiará su vida una vez más. Esta vez, para bien.

Edición Plus. Los Mellizos: https://www.youtube.com/watch?v=rXJGkoosJkk

Entrevista con Jorge Fernández Díaz

La entrevista que me hizo Jorge Fernández Díaz en su programa Pensándolo Bien de Radio Mitre hace un rato, hoy 20 de febrero de 2020.

Para escuchar, hace click en esa palabra:

2002 MONTALBAN

De Una Argentina Emigrada

Mi padre coleccionaba frases. Miles de ellas. Había memorizado centenares, las cuales utilizaba constantemente cuando la ocasión lo ameritaba, y así, a fuego por repetición, fui aprendiéndolas. Una de ellas era “no se puede ir por el mundo educando a la gente”. De esa forma definía que quienes contrastaban con su educación, su honestidad y su exigente puntualidad, no podían ser transformados. Había que aguantarlos tal cual eran.

El culto y cultivo a la típica actitud pedante y pagada de sí mismo del porteño típico, esa que da origen a los innumerables cuentos y chistes creados a partir de la “idiosincrasia argentina”, esos que escuchamos sobre nosotros mismos en otras latitudes fuera de nuestras fronteras, el ventajita, el piola, el advenedizo, el que se las sabe todas, el que es más inteligente que los demás, el que se las arregla para romper las reglas y leyes y se sale con la suya…el Isidoro Cañones, es parte de nuestro ADN.

Les confieso que cada vez que alguien de otros países hispanoparlantes me pide confirmación sobre mi nacionalidad, mi respuesta es: “soy argentina, pero no es mi culpa”. La inmediata reacción en forma de carcajada, confirma que lo que piensan otros sobre nosotros, es eso. Los fanfarrones, soberbios argentinos.

Muchos de quienes podrán ofenderse con mis palabras y no admiten ser representados por semejante definición, necesitan volver a mirarse al espejo. Que levante la mano el compatriota que nunca pagó una coima. Tanto al agente de policía que le iba a poner una multa, o al viejo acomodador del cine que elegía mejor la butaca. O a quien te facilitó un trámite engorroso. Que levante la mano quien nunca compró dólares en el mercado negro. O que no hizo maniobras para evitar pagar impuestos. O que respeta las señales de “pare” en las esquinas. O que nunca estacionó donde dice “prohibido estacionar” o manejó más allá de la velocidad máxima permitida.

Las décadas de gobiernos populistas han reducido notablemente la proporción de quienes podrían levantar la mano en el párrafo anterior, a fuerza de mensajes demagógicos y una marcada decadencia en la educación.

Mi pareja es un norteamericano hijo de argentinos. Es abogado y se ocupa de temas de inmigración. Hace 30 años que ejerce. Tiene gran experiencia y trabaja con muchos clientes latinoamericanos. Tenemos mentalidades parecidas a otras nacionalidades. Pero el argentino supera todo. No viene a consultarlo: “viene a decirle lo que hay que hacer”. Y si puede atender sus casos gratis, seria ideal. Quieren todo, pero pagar por nada.

El resultado de las elecciones generales, demuestran que el “no tan fino” trabajo de algunas administraciones han logrado deshacer lo que el país había logrado en sus primeras décadas de creación: el orgullo de ser argentino, la cultura del trabajo, la educación pública que nos dió premios Nobel, parecen formar parte de un pasado glorioso que no tuvo la energía suficiente para llegar al presente.

El país no desapareció, y su matriz original tampoco. Habrá que ver si los antónimos de Isidoro Cañones tienen la valentía y fuerza de seguir remando en un río de dulce de leche, como dicen por allá.

Somos Unos Privilegiados

En los años 90, existía en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires una “Villa Miseria” como se dió en llamar a asentamientos informales, justo detrás de la Ciudad Universitaria. Allí, escondida a plena vista, a pasos del aeropuerto metropolitano, elegantes restaurantes y lugares bailables donde se reunía (o nos reuníamos debería decir) las clases media alta y alta del país a tomar champán y bailar música importada (en esa época aún no se usaba la cumbia). Vivían en ella una enorme cantidad de personas que no contaban con sus necesidades básicas cubiertas. No había agua corriente, ni luz, ni cloacas, ni calles. Sólo barro y casillas construidas con lo que encontraban.

Esta villa tenía una característica diferente de tantas otras. La llamaban la “Villa Gay”, porque entre sus habitantes había un alto porcentaje de homosexuales, que entre otros casos eran expulsados del seno familiar, perseguidos por la policía o discriminados por su orientación sexual. No podían conseguir empleo y antes que bajo un puente, preferían vivir en ése lugar. Según crónicas de la época unas 300 personas vivían allí.

No tengo idea cómo llegué a ese lugar. Lo que sé es que una vez que lo descubrí no pude dejar de ir lo más seguido que mi apretada agenda laboral y de madre sola me permitían.

Tenía una camioneta que había importado con mi mudanza desde Nueva York (una Mitsubishi Montero para los tuercas) en la que cabían muchas cosas. Iba a Makro (el COSTCO local), compraba papel higiénico, jabón, champú, comida en latas, pañales, leche en polvo y otras cosas. Además molestaba a mis amigos y compañeros de trabajo muy seguido pidiendo que me donaran ropa usada, lo que le quedaba chico a sus hijos, lo que sea.

Los sábados en los que mi hija estaba con su papá, me acercaba a ésta población, que también contaba con muchas familias desplazadas. No había forma de entrar profundamente al asentamiento, y menos cargar las cosas, así que me aproximaba lo más posible y tocaba bocina hasta que la gente empezaba a venir hacia mi. Se llevaban algunas cosas. Nunca vi que alguien quisiera tomar más de lo debido. Al contrario, se ofrecían a cargar elementos a las casillas de los demás.

Mis compañeros del noticiero del canal 9 me decían que podía ser peligroso, que estaba loca de ir sola, y alguno me ha acompañado, como Luis Grimaldi.

Allí vi otra vez como el espíritu de una persona no puede ser aplastado por circunstancias adversas. En esa época pagaban por el reciclado de las latas de aluminio de las gaseosas. Había una pareja gay que recorría durante horas las calles porteñas, cargando enormes bolsas de plástico llenas de latitas aplastadas, que acumulaban en una especie de corral que habían construido en el “patio” de su casilla. Cuando la llenaban, de alguna forma (no recuerdo cómo) las llevaban a vender. Durante todo el día estaban ausentes de su “propiedad”, y si bien muchos otros se dedicaban a lo mismo, nadie les robaba sus latas. Había respeto y cuidado entre todos.

Una joven mamá tenía construida una improvisada muralla alrededor de su casilla. La vi entrar con un bebé en brazos. Era una chiquita, y su ropa estaba impecable. El siguiente fin de semana golpeé la lata/muralla para darle cosas de bebé que había llevado. Ella me contestó desde dentro sin abrir la puerta. No quería nada. Me dijo que no necesitaba nada. Nunca sabré si fue por miedo o por orgullo. O por otro motivo quizás. La admiré por su dignidad. Caminaban como un kilómetro, hasta llegar a la única canilla de Ciudad Universitaria que les proveía de agua para todas sus necesidades, y la tenían que cargar de vuelta. Cómo es que su bebé estaba impecable en esas condiciones nunca lo sabré.

Lo que dejo para el final es el caso de una familia. Eran del norte argentino, vivían allí hacía tiempo. Como diría el Negro Fontanarrosa, estaban mal pero acostumbrados.

Un hombre, su esposa y dos hijas. Una de unos 5 o 6 años y una bebé muy grandota. Debía pesar como 15 kilos y aún no caminaba. Seguramente ya tendría algún problema de salud. Su tamaño no era normal.

Esto es lo que me contaron. Una tarde la mujer enfermó. Con fiebre muy alta se desmayó. En ese momento el marido tenía una adulta de peso muerto, más un bebé de 15 kilos y una chiquita que no podía caminar si no era de la mano. Aquí es donde mi recuerdo me da taquicardia. En esas condiciones él tenía que decidir cómo llevar a su mujer a un hospital. ¿La cargaba a ella y dejaba a las chiquitas solas? Sin saber qué hacer, pidió ayuda pero nadie lo podía asistir. Así que comenzó a cargar a su mujer con mucho esfuerzo, como podía, la dejaba, desmayada, sobre la tierra/barro, y volvía por las chiquitas. Ya era de noche y estaban envueltos en la negra oscuridad de un sector sin alumbrado público. Nuevamente cargaba a su mujer por un tramo y regresaba por las menores. Y así hasta que llegó al asfalto, a la parada, al colectivo, al hospital. De alguna forma logró salvar a su familia. Para mi fue un milagro.

El gran premio que les tocó por semejante proeza fue que, al menos en ésa oportunidad, los cuatro siguieran vivos. No había medalla. Mientras su esposa estaba internada él no podía “salir a cirujear”, así que no ganaba ni para dar de comer a sus hijas. Y al final del trágico episodio, volvieron a su casilla sin luz, agua ni cloacas a seguir viviendo una vida miserable de privaciones. Igualmente se consideraban afortunados.

Los ayudé como pude pero obvia y lamentablemente no pude modificar sus vidas. Aunque ellos modificaron la mía. A veces cuando me parece “una tragedia” que me estoy quedando sin batería en el celular o alguna tontería similar de los “dramas” que vivimos quienes no estamos en ésas circunstancias, me acuerdo de esa familia, pienso en tantas otras con historias similares y doy gracias al universo por lo afortunada y privilegiada que soy.

Las fotos de archivo pertenecen a @pagina12 y @LaNacion respectivamente cuando los desalojaron

https://www.lanacion.com.ar/sociedad/fue-desalojada-una-villa-gay-detras-de-la-ciudad-universitaria-nid100160

 

 

La Tragedia Argentina desde la Visión de un Economista Chileno

No lo escribí, pero estoy 100% de acuerdo. Lo publiqué hace varios años en Facebook. Tiene mucha actualidad.
por SEBASTIÁN EDWARDS

SANTIAGO DE CHILE (La Tercera). La tragedia Argentina siempre ha sido que el todo sea menos que la suma de las partes; que tanta gente civilizada sea gobernada por tanto político bárbaro. Si el nivel de hastío sigue subiendo, y el gobierno insiste en su populismo autoritario -ambas cosas muy probables-, es posible que las fuerzas de la civilización se unan y que ejerciendo sus derechos le pongan atajo a la barbarie.

La relación entre Chile y Argentina ha sido, siempre, complicada. Durante décadas los chilenos mirábamos a nuestros vecinos con una mezcla de admiración y envidia. Y no era tan sólo por la superioridad futbolística argentina. También tenía que ver con el desplante de los porteños, su arrogancia -verdadera o percibida-, sus artistas de calidad superior, sus carnes tan tiernas como sabrosas, esos chocolates suaves que se derretían en nuestras bocas, y la música maravillosa de Gardel, Soda Stereo, y Fito Páez.

Cuando yo era niño, viajar a la Argentina era todo un acontecimiento. Los afortunados se preparaban durante meses, y hacían listas de las cosas que comprarían, de los lugares a los que había que ir, y de las comidas que tenían que probar. Los más osados regresaban llenos de historias inverosímiles, las que casi siempre involucraban discotecas maravillosas -como el afamado Mau Mau-, o modelos espectaculares e inalcanzables. Pero eso no era todo: como ha dicho el novelista Mauricio Electorat, cuando llegaba el verano y las playas se llenaban de transandinos, muchos de nosotros temblábamos al pensar que “el argentino de rigor” podía robarnos a nuestras noviecitas.

En los últimos 15 a 20 años las cosas han cambiado profundamente. El complejo de inferioridad de antaño ha dado paso a una actitud de superioridad, y a un desdén que sin ser estridente, es palpable. Para la mayoría de los chilenos, Argentina ya no genera ni admiración ni envidia. Yo diría que el sentimiento mayoritario hacia la transandina república es de pena. Esa lástima o compasión que uno siente por los tíos viejos que alguna vez fueron exitosos y encantadores, pero que con el paso de los años se han transformado en seres roñosos y un poco patéticos.

Prácticamente todos los días del año la prensa chilena da cuenta de un nuevo ranking que demuestra que Chile está por encima de la Argentina. Titulares a ocho columnas informan que nuestro país es menos corrupto (Transparency International), tiene mejor educación básica (prueba PISA de la OECD), da más facilidad a los emprendedores (Doing Business del Banco Mundial), y cuenta con mejores universidades (Times de Londres).

Hoy en día, y con las importantes excepciones del fútbol y el cine, los chilenos miran a Argentina hacia abajo.

Una mirada histórica

En 1845 Domingo Faustino Sarmiento publicó su libro más importante: Civilización y Barbarie: Vida de Juan Facundo  Quiroga. A la  sazón, Sarmiento -quien llegaría a ser el séptimo presidente argentino- se encontraba exilado en nuestro país, donde fungía como profesor de la Universidad de Chile y director de la Escuela Normal.

En esta obra, Sarmiento argumenta que el gran dilema de la Argentina era decidir entre un futuro de civilización o uno de barbarie. La primera era asociada con la ciudad -especialmente con Buenos Aires-, la cultura occidental, y las ideas republicanas. La barbarie, en contraste, era la principal característica del interior del país, y estaba encapsulada en la forma de ser de los gauchos y los indios. Mientras los “civilizados” tendían a asociarse entre ellos y a convivir en forma pacífica, los “bárbaros” vivían aislados y rechazaban las agrupaciones civiles; eran huraños, violentos, y poco respetuosos de las leyes y de los demás. En términos modernos, lo que distinguía a la civilización de la barbarie era el acervo de capital social y el nivel de confianza interpersonal.

En un libro posterior -Viajes de 1849- Sarmiento profundizó estas ideas, y postuló que el sistema político y social de los Estados Unidos era la mayor expresión de lo civilizado. Al igual que a Alexis de Tocqueville -el autor de Democracia en América-, lo que más impresionó a Sarmiento sobre los EEUU fue el que las distintas comunidades se gobernaran en forma independiente, descentralizada y democrática, y que en ellas hubiera múltiples asociaciones ciudadanas que creaban un sentido de responsabilidad, propósito, y futuro. Y, claro, también le impresionó que todo eso llevara a la prosperidad y al progreso.

Más de 150 años después de la publicación de Facundo el dilema entre civilización y barbarie sigue carcomiendo a la Argentina. Ahora no es, como lo percibía Sarmiento, un conflicto entre la culta población urbana y los toscos del campo. Ahora el conflicto es entre una clase política mediocre y rapaz, y el ciudadano medio que aspira a vivir en un país ordenado y predecible, donde pueda desplegar sus talentos, dar rienda suelta a su creatividad, y criar a su familia en un ambiente de mínima seguridad.

Un equilibrio inestable

Hace unos días le escribí a un amigo argentino que vive en Europa, y le hablé de la vigencia del dilema de Sarmiento. Me contestó de inmediato, diciéndome que temía que la barbarie llevaba todas las de ganar. Luego parafraseó a Porfirio Díaz y dijo, “Pobre Argentina, tan lejos de Dios, y tan cerca del Diablo”. Yo no supe a quién se refería con eso de Satanás, pero por prudencia decidí no preguntarle.

Pero la verdad es que yo no estoy tan seguro de que la barbarie lleve ventaja. Más bien me parece que hay un empate; una suerte de equilibrio frágil que podría resolverse en una dirección u otra.

Es verdad que la situación política es caótica y que el autoritarismo del gobierno de Doña Cristina Fernández es aterrador. También es cierto que los gobiernos K han seguido una política económica desastrosa, y que el país camina hacia adelante sólo gracias a los altísimos precios de los commodities. Argentina es el único país de la región donde hay mercado negro para el dólar, donde se falsean las estadísticas, y donde se usa un sistema burdo de prohibiciones mañosas para controlar las importaciones.

La barbarie también se presenta en la inseguridad y la violencia. La vida es completamente impredecible. Nadie sabe si los vuelos van a salir el día presupuestado, o si habrá cortes de ruta, o si los sueldos y aguinaldos serán pagados en el momento convenido, o si volverán a aparecer las monedas regionales -en la provincia de Buenos Aires ya se habla del regreso de los tristemente célebres Patacones.

No hay respeto por la legalidad, el estado de derecho es ignorado, y los derechos de propiedad son violados en forma repetida. Peor aún, la clase política está convencida de que existe una conspiración cósmica en contra de la Argentina.

Este auge de la barbarie política se explica, en parte, por el calendario electoral. De acuerdo con la legislación actual, ninguno de los tres políticos más importantes del país -la Presidenta Fernández, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, y Mauricio Macri, el jefe del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires- pueden reelegirse. Vale decir que para seguir en política y teniendo poder tienen que buscar otro puesto o tienen que cambiar las reglas para lograr la reelección. Este es un panorama que, por definición, crea una enorme inestabilidad.

Entre tanta barbarie brilla la civilización.

Todo lo anterior es cierto. Pero también es verdad que detrás de esa barbarie política hay una nación de seres extraordinariamente civilizados, cultos, amables, creativos, llenos de bondad y sentido del humor.

En una visita reciente a Buenos Aires volví a maravillarme por la calidez de la gente. Me perdí durante horas en librerías atiborradas de compradores y repletas de novedades que uno ni sueña con encontrar en Chile. Comí en restaurantes de calidad, con un nivel de servicio extraordinario. Me alojé en dos hoteles que están, sin duda, entre de los cinco mejores del continente. El profesionalismo de los que ahí trabajan contrasta con la improvisación chilena en todo lo que tenga que ver con turismo y la industria de la hospitalidad.

En tan sólo dos días vi tres exposiciones maravillosas. La que más me impresionó fue una, en el Museo de Bellas Artes, sobre arte cinético argentino de los años 1960. En una muestra muy bien curada y pulcramente presentada, pude volver a constatar la originalidad de Julio Le Parc y la delicadeza de la obra de Eduardo Mac Entyre.

Pero lo que más me impresionó fue el nivel de hastío de la gente con los políticos. Taxistas, dependientes de tiendas, mozos de restaurantes -los más cultos del planeta, sin lugar a dudas-, estudiantes, y pensionados coincidieron en decir que estaban hartos con la corrupción, el desorden, y el abuso. Lo escuché en distintos barrios, y de muchísimas personas que se autodefinían como progresistas e, incluso, como  peronistas. Cada vez más gente reconoce que el modelo K está agotado. Algo, dicen, tiene que pasar.

La tragedia Argentina siempre ha sido que el todo sea menos que la suma de las partes; que tanta gente civilizada sea gobernada por tanto político bárbaro. Si el nivel de hastío sigue subiendo, y el gobierno insiste en su populismo autoritario -ambas cosas muy probables-, es posible que las fuerzas de la civilización se unan y que ejerciendo sus derechos le pongan atajo a la barbarie.

https://es.wikipedia.org/wiki/Sebasti%C3%A1n_Edwards_Figueroa