Contando Mis bendiciones

Dos pedacitos de historias de vida. De vidas ajenas, que ayudan a poner en perspectiva la mía y a contar mis bendiciones.

La primera. Isabel era una señora hondureña que venía a ayudarme a limpiar mi apartamento una vez por mes. Siempre le preparaba cosas para que se llevara. Comida, ropa, cosas para la casa. Un día me contó que con su hijo usaban platos descartables de telgopor (poliestireno expandido) porque no tenía juego en casa y esos eran baratos. Con mi feroz defensa del medio ambiente, y sabiendo que sus platos aún estarían en el planeta dentro de quinientos años, tratando de degradarse, me fui a su casa y le llevé un juego completo de platos de cerámica que había comprado para mi hija. Ella no los necesitaba.

De los platos, llegué a la conversación de los cuchillos.

-“En casa no tengo cuchillos señora Lana” Me dijo.

– “Mi marido me abusaba. Tenía tanto miedo que un día me matara, que en casa sólo teníamos cuchillos de plástico. Yo guardaba uno escondido para cocinar, pero me cuidaba de que él no lo viera”.

Con qué naturalidad y simpleza me contó una parte terrible de su pasado, del cual pudo huir físicamente. Es evidente que el temor aún lo tiene instalado en su sistema interno de supervivencia. Le regalé media docena de cuchillos. Espero que los use sólo para cortar verduras.

La otra historia tiene que ver con una conversación ajena. Estaba en un instituto haciéndome terapia física para un problema en el hombro. Es una habitación grande llena de máquinas y aparatos de rehabilitación. Los clientes compartimos el espacio. Mientras hacía uno de mis ejercicios, el paciente que estaba más cerca conversaba con la terapeuta. Ahí me enteré que ese joven de unos 35 años, había huido de Venezuela después que sus secuestradores lo liberaron, luego del pago de un rescate. Lo tuvieron cuatro días, lo torturaron, sus captores le hicieron el juego del policía bueno/policía malo, donde “cuatro decían que me querían matar y dos decían que no”. Se escapó con lo puesto hacia Estados Unidos.

La situación no daba para hacerle preguntas.

¿Habrá venido solo?

¿Su familia aún está allá?

¿Consiguió papeles en EEUU?

No podré saberlo. Lo miré de reojo y a simple y prejuiciosa vista, no tenía apariencia de ser un millonario exitoso. Simplemente un joven con una mochila pesada.

Para mí, son otras oportunidades de contar mis bendiciones. Ni más ni menos.

Foto: Manos orando de Leonardo Da Vinci

 

 

 

Speak Your Mind

*